Cada vecino de Oliva de la Frontera puede presumir de tener una porción de dehesa equivalente a dos campos de fútbol. Solo por estar empadronado en este municipio situado al suroeste de la provincia de Badajoz. Allí pueden sembrar, llevar su ganado, recoger bellotas, aprovechar la leña o simplemente pasar el día rodeados de un paisaje espectacular.

Los campos comunales son habituales en algunas localidades extremeñas, pero el caso de Oliva destaca por su tamaño. Se trata de una finca de 10.300 hectáreas para sus 5.500 vecinos. «Un terreno de todos. Un tesoro que tenemos aquí», presume Antonio Vellarino, cronista de esta localidad.

Estas tierras sirvieron para atraer población a Oliva y durante muchos años han sido una comunidad de vecinos que llegó a tener a más de 6.000 personas viviendo en los conocidos como chozos, aunque en esta zona prefieren llamar chozas a estas viviendas. Estas construcciones de piedra y ramas aparecen repartidas por todo el paisaje. Ahora están deshabitadas, los ganaderos y agricultores viven en el pueblo y acuden para trabajar, pero hace solo 30 años aún quedaban residentes que veían en Campo Oliva un refugio.

Así lo recuerda Ildefonso Matamoros Cuecas, más conocido como ‘El Perigallo’. Este vecino de Oliva, muy conocido por publicar cartas al director en el Diario HOY recordando las peculiaridades de su tierra, conoce bien la vida en las chozas porque iba a visitar a su abuela.

La abuela de ‘El Perigallo’ le contó que decidió abandonar el pueblo y marcharse a Campo Oliva porque «aquí se podía vivir y en el pueblo no». Era la posguerra y en los municipios trabajaban de sol a sol «por un mendrugo de pan». La vida en la finca también era dura, sin electricidad ni agua corriente, pero comían mejor.

«Aquí eran libres»

Ildefonso Matamoros habla de su abuela sentado en una silla de enea dentro de una choza. «Me dijo que aquí no tenía que trabajar para nadie. Era por subsistencia, pero había comida. Había leche, queso, huevos, garbanzos y los productos de la matanza. Fuera los salarios eran de miseria y aquí eran libres».

En la práctica Campo Oliva, como se llama este terreno, no está dividido en parcelas para cada propietario. Los vecinos, y solo ellos, pueden disfrutar de cada espacio. El Ayuntamiento se ocupa de administrar la explotación. Una persona interesada por ejemplo en llevar sus ovejas, se registra en el Consistorio, paga una tasa y ya cuenta con un terreno para su ganado.

El dinero que recaudan se invierte en el mantenimiento de este espacio. Cada empadronado en este pueblo tiene derecho a explotar la finca de distintas formas. Puede registrarse como agricultor y sembrar en las zonas que cada año se reservan para este fin. Actualmente hay unas 80 personas en esta labor. La mayor actividad, sin embargo, es la ganadería. Hay 70 inscritos para llevar a sus animales. Suman 12.000 ovejas, 2.000 vacas y otras tantas cabras. Además hay otros 80 vecinos que llevan cerdos durante los meses de la montanera, la última fase de cría del ibérico.

A esto se suma que unas 400 familias aprovechan cada año la leña de estos terrenos y también hay una cantera de pizarra cuyo material se puede solicitar. En noviembre, además, se ‘apañan’ las bellotas de esta dehesa. Este año se han inscrito más de 1.600 interesados para el sorteo que les otorga una parte de Campo Oliva para llevar a cabo la recolección. Toda esta actividad está controlada por dos guardeses, Luis Hernández y Manuel García, que se ocupan de que no haya abusos ni robos.

El valor de las bellotas está muy presente en esta localidad, en la que incluso celebran un concurso para encontrar las de mayor peso. Hay que presentar una ambozá (llamada embozá en otras zonas de Extremadura), es decir, 24 unidades. La que más impresione en la balanza se lleva el premio.

Este certamen atrae a numerosos vecinos que recorren Campo Oliva muy atentos al suelo para encontrar los ejemplares más grandes, así como visitantes de otras localidades. Han llegado a registrar una ambozá de casi 800 gramos, todo un récord.

La crisis ha llevado a más vecinos a recurrir a las riquezas de Campo Oliva. Puede ser un extra en sus ingresos o un auxilio para las personas paradas. Así lo reconoce la alcaldesa, Luisa Osorio Vicho. «Ha habido más solicitudes para llevar ganado al campo y más personas se han dado de alta como agricultores. En estos años está volviendo la gente a su tierra y a trabajar la tierra. Se ha notado».

Un recurso contra la crisis

Osorio explica que esta finca supone mucho trabajo para el Consistorio, ya que deben gestionar la vigilancia, los tractores que aran la tierra, el sorteo de la recogida de bellotas, etc. Sin embargo lo considera un gran recurso para el municipio. «Es tener una riqueza inmensa. Un medio donde hacer turismo, donde la gente viva como ganaderos, agricultores. Lo explotamos de muchas maneras y contar con una dehesa como tiene Oliva de la Frontera es algo que no puede disfrutar mucha gente».

La historia de cómo llegó a poseer este pueblo esa gran extensión de terreno es peculiar, según ha investigado el cronista de la localidad. Incluye la Reconquista, a los templarios, las guerras con Portugal, la amante de un rey y un pleito con los duques de Feria.

La finca comunal tiene su origen en la Edad Media. Oliva fue reconquistada en el siglo XIII y entregada a los templarios para que la fortificasen y defendiesen. Cuando esta orden fue disuelta por el Papa, la localidad pasó a depender de la Corona de Castilla.

En el siglo XIV el rey Alfonso XI cedió Oliva de la Frontera y sus terrenos a su amante, Leonor de Guzmán. Esta, a su vez, los traspasó a uno de sus parientes, Ponce de León. Era una zona insegura debido a las guerras con Portugal, por lo que este noble ofreció tierras a los vecinos que quisiesen repoblar la zona. No funcionó y Oliva llegó a tener solo cuatro vecinos.

Una pelea por bellotas

Finalmente el nieto de Ponce de León vendió los terrenos en 1402 a Gomes Suárez de Figueroa, cuyos descendientes formaron el Ducado de Feria. De nuevo querían repoblar la zona, por lo que firmaron una carta puebla, un decreto que otorgaba ventajas a los residentes. Les ofrecían terreno en usufructo a cambio de un diezmo. A finales del siglo XV ya había 300 residentes.

El entendimiento con el Ducado de Feria se rompió en el siglo XVII, entre otras razones porque el duque se apropiaba de las bellotas. El conflicto acabó en los tribunales y en 1788 Oliva logró ser una villa independiente y la finca se convirtió en comunal, aunque los vecinos debían pagar una renta anual de 28.000 reales al duque. El alquiler no subía con el paso del tiempo y pasó a ser de 7.000 pesetas (42 euros). Esta localidad extremeña ha estado abonando esta cuota hasta los años 90, pero en la actualidad el duque de Feria ya no la reclama.

Tras tantas idas y venidas, la finca Campo Oliva cumplió su función. Atrajo vecinos. Oliva de la Frontera llegó a tener 12.000 residentes y la mitad de ellos vivían dentro de la finca, en chozas. Se calcula que llegó a haber entre 1.200 y 1.400 de este tipo de viviendas. Cada familia solía tener dos, una en cada lado de este enorme terreno. Ocupaban la primera o la segunda dependiendo de las parcelas donde se sembraba cada año.

Vivir en una choza

Ahora las chozas están deshabitadas. Muchas se han perdido y otras están rehabilitadas, aunque solo se utilizan como complemento a las labores del campo, no como residencia. Hace unos años surgió un proyecto promovido por la peña ‘El Gallo’, formada por vecinos. Su objetivo es que no sigan desapareciendo estas construcciones y ya han logrado el arreglo de varias.

«En Cáceres tienen sus piedras y en Mérida las suyas. Estas son las nuestras. Forma parte de nuestra historia», asegura Ildefonso Matamoros.

Una de las chozas que ha sido rehabilitada es la de la familia de Andrés Ruiz Gamero, más conocido como ‘Brito’. Tiene 63 años y vivió los primeros 13 en la vivienda de piedra que ahora recorre. Un espacio de 25 metros cuadrados. En una esquina estaba la cama de sus padres, en la otra, la que compartía con su hermano y en la pared que resta el fuego, encendido todo el año para hacer la comida. No hay chimenea, por lo que solían tener humo en la casa, aunque se filtraba por la vegetación que forma el techo.

Las chozas están fabricadas con los materiales que encontraban en el propio campo. La pizarra en lascas forma el suelo y las piedras de este material, junto con guijarros blancos, componen las paredes. El barro sirve de unión y la techumbre está formada por pontones, que son palos de encinas, y jaras.

En la pared hay unos huecos donde guardar la comida. «Aquí poníamos lo de preparar el café, aquí el arroz, en otra lo de la matanza», va recordando Andrés mientras recorre su casa. Es pequeña para cuatro personas, pero asegura que entraba lo que necesitaban, y más. «Aquí cabía de todo, incluso hacíamos la matanza dentro», asegura. Señala el techo. «De unas cuerdas colgábamos la carne para secar».

Andrés recuerda su infancia con una sonrisa en los labios, aunque vivir en una choza era una vida difícil. Sin baños, sin electricidad, sin agua corriente y sin otras muchas comodidades. Esto llevó finalmente a muchos habitantes de estas tierras a marcharse a las localidades o incluso migrar fuera de la región.

La comida, sin embargo, era la gran ventaja de vivir en la finca. No faltaba. Además de los productos de la matanza, contaban con todo lo que daba la tierra. «Garbanzos, queso, tomates, melón. Lo que produce el campo. En Navidad, pues un pollo o un pavo», rememora ‘Brito’.

El día a día era sencillo. Al levantarse, su padre y su hermano mayor se marchaban a los cultivos. Su madre y él vigilaban el ganado, «las bestias», que estaban guardadas en una construcción anexa a la choza. Enfrente un horno para cocer el pan, que solía durarles una semana.

De noche se acostaban pronto, cuando oscurecía. En una pared está colgado el candil. Andrés lo coge y explica cómo funcionaba con aceite, pero este material solía agotarse. Se ríe. Recuerda un dicho que utilizaban para echar a los vecinos cuando se hacía tarde: «El candil se está apagando, la alcuza no tiene aceite. Ni te digo que te vayas, ni te digo que te sientes».

«Éramos muy alegres. Había alegría», añade. Lo mejor para este vecino, el compañerismo entre los residentes de todas las chozas. «Si no teníamos pan, me mandaba mi madre donde la vecina para decirle que se lo devolvíamos al día siguiente, cuando lo cociésemos». «Si alguien necesitaba ayuda, para coger higos, daba una voz y venía gente».

«Nos reuníamos en las chozas, por ejemplo en Navidad. Se tomaba un ‘vasino’ de vino y a cantar hasta las tres de la mañana», recuerda. Los jóvenes también estaban muy unidos. «Nos juntábamos hasta 20 a jugar por el campo».

Lo que no lograban del campo, se intercambiaba. Un comerciante visitaba las chozas, recogía la carne y les traía de todo. «Hilo para coser o una barra de chocolate», rememora este olivero.

Otra peculiaridad es que estas casas, en ocasiones, aparecen en grupos de dos o tres. Los vecinos solían ocupar terrenos separados, pero cuando un hijo se independizaba, normalmente al casarse, solía construir su nueva vivienda junto a la de sus padres o suegros. También es más común encontrar en pie las que se levantaron en forma circular. Esto se debe a que las paredes repartían mejor el peso y se han conservado más tiempo. Las cuadradas suelen derrumbarse por las esquinas.

Más allá de la conservación de sus chozas, hay otro proyecto en Campo Oliva que enorgullece a sus vecinos. Al ser una zona fronteriza había un cuartel de la Guardia Civil que quedó abandonado. Ahora lo han convertido en una casa rural para atraer turistas que vean de cerca la que es su tierra. De todos.

Natalia Reigadas. Diario HOY, 27 diciembre 2015

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