Como es bien sabido, los Estados Unidos han sido uno de los países pioneros en el desarrollo de lo que podríamos llamar una «conciencia ecológica». Desde los tiempos de naturalistas conocidos como Thoreau y Perkin Marsh en el siglo XIX, pasando por las políticas nacionales de preservación de zonas de bosque y de naturaleza salvaje, hasta los movimientos ciudadanos generados por la alarma ante los fenómenos de deterioro y polución del medio físico en los años sesenta y setenta del pasado siglo, Estados Unidos ha creado en el seno de su sociedad diversas corrientes, luchas y debates en torno a la cuestión de la ecología que han servido como fuente de inspiración para el resto del mundo. Las razones que explican que haya sido en Estados Unidos, más que en otros países, donde se hayan desarrollado las distintas escuelas de pensamiento ecológico no se reducen al hecho de que este país haya estado a la cabeza de la urbanización desenfrenada y de la industrialización. Habría que decir también que es en Norteamérica donde una forma muy avanzada de civilización técnica convive con espacios de naturaleza salvaje de un tamaño considerable. A diferencia de la vieja Europa, donde la mayor parte del paisaje ha sido transformado por la agricultura y la industrialización, y donde la densidad de población es notable, la riqueza natural y salvaje de Norteamérica puede ofrecer aún a sus habitantes el referente de grandes espacios no habitados ni perturbados por la civilización moderna. El mismo hecho ha podido provocar que en un país como Australia, los debates sobre ecología hayan estado muy condicionados por la valoración del mundo natural salvaje.

En los años sesenta del pasado siglo en los Estados Unidos asistimos al nacimiento de una mentalidad colectiva difusa que promovía el retorno a lo natural, a los valores espirituales, al comunalismo, por oposición a la sociedad tecnificada. Estos fueron algunos de los rasgos más sobresalientes de lo que se dio en llamar «contracultura». Por supuesto, en su mayor parte, este movimiento sólo generó una serie de actitudes inconsecuentes que fueron rápidamente banalizadas y ridiculizadas por la sociedad de consumo. La «nación de Woodstock» no pasaba de ser un conglomerado de partículas elementales agitándose desoladas o ingenuamente eufóricas entre los vertederos del mundo industrial. Como escribía acertadamente Lewis Mumford en su obra El mito de la máquina (1970) a propósito del célebre festival musical del año 1969: «Con su movilización masiva de coches privados y autobuses, sus embotellamientos de tráfico, y su enorme contaminación ambiental, el Festival de Woodstock reflejaba e incluso magnificaba ampliamente los peores rasgos del sistema que muchos jóvenes rebeldes pretendían rechazar, si no destruir.» En ese sentido, la película recientemente estrenada Taking Woodstock, y que trata de los entresijos en torno a la organización del festival, arroja una última escena esclarecedora: el risueño empresario-hippie Mike Lang, subido a un caballo blanco, rodeado de las toneladas de basura que los asistentes han dejado sobre las verdes praderas elegidas para el concierto.

Siendo todo ello cierto, nos dejaríamos engañar si redujésemos el espíritu de la contracultura a su dimensión de ciego movimiento de masas, a su hedonismo facilón y a su mediocridad política. Detrás de todo aquello podíamos encontrar en muchas personas un genuino deseo de oponerse a la tecnocracia y a la llamada sociedad del bienestar. Este rechazo se acompañaba de una desconfianza no sólo hacia la sociedad liberal-capitalista sino hacia los sistemas de pensamiento supuestamente emancipadores heredados del marxismo dogmático y del socialismo reformista.

Theodore Roszak, uno de los más reconocidos cronistas de la contracultura, autor del célebre Nacimiento de una contracultura, libro que por otra parte mostraba críticas agudas hacia ese movimiento, buscaba justamente hacer un balance sopesado del magma de respuestas e inquietudes que se habían producido entre los años sesenta y setenta en Estados Unidos. En su libro Persona/Planeta. Hacia un nuevo paradigma ecológico, publicado en 1978, Roszak intentaba redefinir lo que serían los rasgos de una filosofía política basada en cierta búsqueda personal intransferible, inspirada en la contracultura, y unida a una ecología que reconoce y amplía el marco de referencia de lo humano a la escala del planeta. Para Roszak la introspección individual a la que dieron lugar los años sesenta no es un fenómeno desdeñable, sino el signo de una necesidad de orientar la existencia humana en consonancia con una vida colectiva mucho más rica de lo que la sociedad moderna, en todas sus formas, deja suponer. La propuesta de Roszak podía encontrar puntos en común con la ecología social de Murray Bookchin. Roszak se reconocía en una tradición de pensadores anarquistas como Tolstoy, Kropotkin, Landauer o Paul Goodman, así como de los pensadores personalistas franceses. Para Roszak la tradición contracultural era importante porque de su fondo podía surgir una filosofía sobre la libertad irreductible del individuo -lo que él prefiere llamar «persona»- y sobre las necesidades inalienables del planeta.

Hay que decir que en los años setenta, en la España tardofranquista y de la «transición», la ola contracultural, con todas sus contradicciones e insuficiencias, sirvió para impulsar una sensibilidad que incluía justamente valores sobre la libertad humana o la defensa de la naturaleza que se oponían tanto a la Tecnocracia como a la Política oficial. Pero lo más importante es que sirvieron para dar expresión a una sensibilidad que quedaba afortunadamente al margen de una oposición monopolizada por la socialdemocracia y las sectas comunistas de la época.
Pero volviendo a Estados Unidos y a la época que nos interesa, los años ochenta, se puede señalar que ya entonces el movimiento ecológico se había fragmentado en diversas escuelas o corrientes. Frente a los lobbys medioambientales como Sierra Club, que ejercía una política reformista en el interior de las instituciones, habían surgido voces y grupos que clamaban por una ecología que ampliase sus horizontes de acción y reflexión y que pudiera llegar a convertirse en una alternativa real de cambio frente a la sociedad de la destrucción. Para lo que en este artículo nos interesa hablaré sobre todo de las dos corrientes que entraron en confrontación a finales de los años ochenta: la ecología social y la ecología profunda. Los puntos más interesantes de este debate quedaron reflejados en un libro Defending the earth: A dialogue between Murray Bookchin & Dave Foreman (1991) que recoge el diálogo público entre Murray Bookchin y Dave Foreman, cabeza visible por aquel entonces del movimiento Earth First!

Bookchin (1921-2006) es un autor bastante conocido para los lectores en castellano ya que algunas de obras principales han sido traducidas por aquí, entre ellas, El anarquismo en la sociedad de consumo, Los límites de la ciudad, Los anarquistas españoles, y su obra magna, La ecología de la libertad. El mérito de Murray Bookchin es el de haber sido en su país uno de los primeros en llamar la atención sobre los efectos nocivos de la sociedad industrial. Su artículo «The problems of Chemicals in Food» data de 1952, y fue publicado en la revista Contemporary Issues. En 1962, el mismo año en que Rachel Carson publicó Primavera silenciosa, apareció Our synthetic environment. Este libro tuvo mucha menos resonancia que el de Carson, no obstante el libro de Bookchin era el terrible inventario de los fenómenos tóxicos y contaminantes que empezaban a ser la cotidianeidad de la vida moderna. En este libro Bookchin expresaba su credo en términos claros: «La reconciliación del hombre con el mundo natural ya no es meramente deseable; se ha convertido en una necesidad» El autor mostraba su alarma ante la degradación de la agricultura moderna, la excesiva concentración urbana, así como ante la escalada de la polución química y radiactiva en el entorno. De cualquier forma, en las páginas finales del libro, Bookchin dejaba ver esa confianza en las posibilidades del progreso técnico que siempre estará presente en su obra.

Si Bookchin se hubiera quedado ahí, no habría llegado a tener el reconocimiento que alcanzó en los medios radicales. Su segunda aportación importante consiste en haber unido de manera explícita la cuestión ecológica a una filosofía anarquista. Desde la publicación, a mediados de los sesenta, de artículos como «Ecología y pensamiento revolucionario» o «Hacia una tecnología liberadora», Bookchin se convirtió en una referencia para todos aquellos que buscaban conjugar la cuestión de la ecología con un programa de transformación radical de la sociedad. Sus artículos de los años sesenta se reunirían en un libro, Post-Scarcity anarchism, publicado a principios de los setenta y que aquí fue editado y prologado por Salvador Paniker, en la editorial Kairós, bajo el título El anarquismo en la sociedad de consumo. En los años setenta, Bookchin fundaría el Instituto de Ecología Social en Vermont y en 1981, publicaría su obra más ambiciosa, La ecología de la libertad, donde intentaba mostrar el vínculo inherente entre dominación humana y dominación de la naturaleza así como su superación mediante el establecimiento de una sociedad sin jerarquías.

La aportación de Bookchin es valiosa en varios aspectos y no se le puede negar el mérito de haber abierto una vía de reflexión muy necesaria en la política radical. No obstante, no se puede negar tampoco la existencia de graves contradicciones en su obra. La más evidente es la de haber supeditado su proyecto de emancipación social a la existencia de una abundancia material producida gracias a una tecnología compleja y supuestamente ecológica. En su artículo «Hacia una tecnología liberadora» llegaba incluso a proponer «reacciones termonucleares controladas» como posible fuente de energía. Sin duda, a partir de aquella época su pensamiento evolucionó, pero nunca llegó a superar un cierto progresismo hipertecnológico. Otro problema era su adhesión militante a lo que él consideraba la herencia del humanismo ilustrado y del racionalismo, como si el siglo XVIII se redujera a lo mejor de los escritos de Diderot. Bajo pretexto de criticar y rechazar, a veces justificadamente, ciertas corrientes pseudomísticas o irracionalistas, se encastillaba en posiciones intolerantes a todo lo que viniera de otras escuelas de pensamiento como el taoismo o las diferentes formas del pensamiento primitivo. Por otro lado, sus maneras de debatir no eran siempre las más adecuadas ni las más respetuosas. Cuando uno lee algunos de sus artículos polémicos, se tiene la impresión que desde el punto de vista de Bookchin, cualquier corriente de pensamiento ecológico radical que no sea la ecología social de Bookchin acaba, de una forma u otra, siendo una especie de ecofascismo.

A partir de los años ochenta, la ecología social tuvo que «enfrentarse» con una nueva corriente radical: la ecología profunda y su brazo armado, el grupo Earth First! Por supuesto, esto último es una simplificación, ya que Earth First! no se presentaba en principio como una organización inspirada por las ideas de la ecología profunda, pero poco a poco, se creó una confluencia entre lo que era una nueva visión de la ecología y un nuevo activismo orientado a la defensa incondicional de los espacios naturales. Como se sabe, el término «ecología profunda» (deep ecology) fue acuñado a principios de los años setenta por el filósofo noruego Arne Naess. En Estados Unidos, dos intelectuales como George Sessions y Bill Devall fueron los encargados de dar su contenido a esta denominación, publicando en 1985 un libro, Deep Ecology. Living as if nature mattered, que se convirtió en obra de referencia.

Sessions y Devall establecieron el corpus de ideas básicas para el nuevo movimiento de ecología radical. Los puntos principales de su filosofía podían resumirse en los siguientes. Un rechazo frontal de la ecología como mero medioambientalismo. Un rechazo de una ecología reformista que buscaba simplemente defender a las poblaciones contra los peores efectos del industrialismo. Un rechazo en fin de la visión instrumentalizada y manipuladora de la naturaleza. En consecuencia, se trataba no sólo de una defensa de la naturaleza sin más, ya que en ese término podían caber muchas formas de la naturaleza domesticada o modificada sino, sobre todo, una defensa de la naturaleza salvaje como valor en sí mismo, irreductible. ¿Qué lugar debía ocupar la humanidad en la naturaleza? Para la ecología profunda se trataba ante todo de denunciar lo que ellos consideraban la visión «antropocéntrica» o «antropocentrista» de la cultura humana. Era necesario desplazar al hombre del centro y poner en su lugar la vida y la naturaleza salvaje, en caso de que fuera necesario conservar un «centro». Para Devall y Sessions, la ecología profunda es una «invitación a la danza» de la tierra, a «pensar como una montaña», a fusionarse con el todo que es el mundo natural. Por supuesto, abogaban por un estilo de vida más sencillo, una sociedad descentralizada, formada por pequeñas comunidades, en un ambiente de tolerancia, respeto y apoyo mutuo. Devall y Sessions recogen en su libro toda una tradición de pensamiento que pasa por el budismo zen y la sabiduría tradicional de los pueblos, el naturalismo de Thoreau, Whitman y Muir, las filosofías de Santayana y Heidegger, la «ética de la tierra» de Aldo Leopold, la poesía de Gary Snyder, etc. Pero también se reclaman de una cierta herencia anarquista como la de Kropotkin, de las sociedades sin Estado de Clastres o de la obra del mismo Murray Bookchin.

Las ideas de la ecología profunda podían formar una miscelánea explosiva, pero justamente calaron en una generación heredera de la contracultura que estaba preparada para aceptar todas aquellas visiones y tradiciones que cuestionaran el legado del cientifismo y el racionalismo occidental, y que de alguna forma redescubría la naturaleza salvaje y las culturas indígenas, prefiriendo la vida primitiva a la vida civilizada.

Simultáneamente, a principios de los años ochenta, Dave Foreman y otros pocos compañeros, asqueados del medioambientalismo y de la ecología reformista, habían decidido formar un grupo, Earth First!, que se orientaría hacia la defensa activa de los espacios naturales. Foreman se había dejado influir por las novelas del escritor Edward Abbey como The monkey wrench gang (1975), que narraba en tono displicente las aventuras de una banda de ecosaboteadores en los desiertos de Utah y Arizona, y también A season in the wilderness (1968) en la que Abbey contaba sus propias experiencias en las inmensidades del desierto. Abbey se había ganado una terrible reputación como escritor polémico y había sido acusado a menudo de sostener opiniones racistas, xenófobas y misantrópicas. Por supuesto, Abbey estuvo presente en la primera acción del grupo Earth First! en 1981, cuando colocaron una gran grieta de trampantojo a lo largo del dique de la presa de Glen Canyon, en Arizona. Fue así como Earth First! se dio a conocer al mundo y a partir de entonces, a lo largo de todos los años ochenta, esta organización ganaría cientos, incluso miles de militantes y simpatizantes, y popularizaría numerosos actos de sabotaje contra las empresas de explotación forestal. Estas acciones, que evitaban sabiamente la violencia contra las personas, estaban inspiradas por una irreprochable fe en la necesidad de preservar los espacios de naturaleza salvaje e implicaban una considerable cantidad de coraje por parte de los activistas que se empeñaban en bloquear pistas de acceso, sabotear bulldozers, permanecer varios días subidos en árboles centenarios, etc. Los activistas de EF!, obviamente, sufrieron la persecución policial y algunos de ellos dieron con sus huesos en la cárcel.
No obstante, dejando aparte esta trayectoria digna de admiración, la filosofía política que sostenía la organización, reflejada en la publicación del mismo nombre, no dejó de crear controversias.
Hay que decir que algunos de los principales animadores de EF! como el propio Dave Foreman, en su afán de defender la naturaleza salvaje se habían dejado llevar por una chirriante filosofía anti-humana. Cómplices sin quererlo del neomalthusianismo burgués, algunos teóricos de EF! situaban a veces el origen del mal ecológico en la mera expansión de la raza humana sobre la tierra, sin hacer distinciones en cuanto a la complejidad social y política que hace de la humanidad en su conjunto una especie nociva para la biosfera. Este malthusianismo sui generis, unido a la obsesión por enfrentar sin más naturaleza salvaje y civilización, llevó a algunos teóricos o simpatizantes intelectuales de EF! a defender posiciones exterministas, como aquel artículo, firmado por «Miss Ann Tropy» (pseudónimo de Christopher Manes), aparecido en 1987 en la publicación de EF!, donde se decía que la epidemia del SIDA podía ser una solución al problema demográfico. O aquella declaración de Foreman con relación a la hambruna en Etiopía donde según él era mejor dejar que la naturaleza siguiera su curso restableciendo el equilibrio, por lo que desaconsejaba el envío de ayuda y alimentos.
Con este tipo de salidas, las cabezas pensantes de EF! reaccionaban evidentemente contra un hipócrita ideario humanista defendido tanto por la izquierda como por la derecha, un ideario bienpensante que pone en el centro de todo las necesidades de una humanidad ubicua y universal, con desprecio total de las necesidades de la biosfera. Lo que forzosamente tiene que acabar en desastre para ambas, ya que este humanismo hipócrita es lo suficientemente estúpido para ignorar lo que Roszak advertía: «las necesidades del planeta son las necesidades de la persona».
Sin embargo, la comprensión de este hecho no podía justificar las posturas brutales e insensatas de algunos teóricos de EF!, no sólo porque de manera infantil tomaran partido por la naturaleza salvaje contra la humanidad, sino porque al hacer esto ocultaban sobre todo la cuestión social en su conjunto, ignoraban las luchas políticas y sumían todo en un discutible naturalismo omnicomprensivo. Lo que les reprochaban algunas voces críticas era la indecente comodidad de algunos de estos teóricos que podían llegar a asumir que una hambruna en un país como Etiopía era el efecto de la «naturaleza», pretendiendo ignorar que este hecho era cualquier cosa menos natural.

Uno de los más agudos críticos de la ecología profunda, David Watson , perteneciente al grupo que editaba y edita la publicación anarquista Fifth Estate, publicó a finales de los años ochenta -y bajo el pseudónimo de George Bradford- el folleto How deep is deep ecology? en cuyas conclusiones se decía: «La ecología profunda ama todo lo que es salvaje y libre, por tanto comparto una afinidad con los ecologistas profundos que me ha hecho difícil escribir este ensayo. He escrito esta crítica pormenorizada porque encuentro inquietante y deprimente que un movimiento tan valiente y que con tanto empeño se ha involucrado en la acción directa para defender la tierra pueda exhibir simultáneamente una política inhumana y reaccionaria, y una postura sobrevivencialista. Los ecologistas profundos, particularmente EF!, tienen que reconocer la centralidad de la tecnología en la destrucción de la tierra. Pero si siguen ciegos a la interrelación del capital y el Estado con la pirámide de trabajo megatécnico y planetario que está arrasando la naturaleza, se quedarán enfangados en un sobrevivencialismo guerrero y elitista que no conduce a nada»
Una de las críticas más pertinentes de Watson se refería al cinismo de Foreman con respecto a la cuestión de Centroamérica y los flujos de inmigración masiva de hispanos hacia los Estados Unidos. Foreman y otros miembros de EF! veían con inquietud el problema de la inmigración en lo que suponía ciertamente de impacto sobre la densidad demográfica y sobre la famosa «capacidad de carga» de los territorios. Pero su análisis se quedaba en la constatación de ese hecho, culpabilizando de alguna manera al mismo fenómeno de la inmigración, sin querer ver la implicación evidente de la política estadounidense en la destrucción y desestabilización de países como Guatemala y El Salvador. Watson les reprocha la sospechosa ausencia de artículos sobre la «intervención» de Estados Unidos en Centroamérica en los terribles años de la era Reagan. La falta de un verdadero análisis político en la publicación EF! dejaba a la organización en el papel de un curioso comparsa naturalista del imperialismo yanquee. Lo que Watson y Bookchin no dejaron de denunciar.

En el verano de 1987, el enfrentamiento entre la ecología social de Bookchin y la ecología profunda se haría manifiesto. En una conferencia de los Verdes en Amherst (Massachussets) Bookchin distribuyó un texto «Social Ecology versus “Deep Ecology”: A Challenge for the Ecology Movement», que más tarde sería publicado en Green Perspectives. En este artículo Bookchin abundaba en la naturaleza anti-humanista y misantrópica de la ecología profunda, de hecho hablaba de eco-brutalismo, ridiculizaba a Dave Foreman y a los teóricos de EF!, y lanzaba acusaciones muy graves de carácter político. En particular, Bookchin asociaba de manera obsesiva la filosofía de la ecología profunda al nazismo y al exterminismo del Tercer Reich. Aunque partiendo de argumentos razonables, hay que reconocer que Bookchin se dejaba llevar por el exceso y la desmesura.

Por supuesto, las respuestas no se hicieron esperar. Pero lo más significativo es que todas estas discusiones llevarían, en el invierno de 1989, a la organización de un debate público en Nueva York, a una discusión cara a cara entre Bookchin y Foreman ante un público alarmado por la crudeza que había tomado la polémica. El debate fue organizado por la sociedad Learning Alliance y sus promotores se mostraron satisfechos del esfuerzo conciliador que realizaron tanto Bookchin como Foreman. El debate sirvió para acercar posturas, limar algunas afirmaciones extremas y hacer un ejercicio de reflexión en común. Foreman, entonando un mea culpa, se retractó de sus afirmaciones y reconoció abiertamente la función desempeñada por el Estado y las corporaciones en la devastación del planeta, admitiendo la necesidad de articular el conservacionismo con algún tipo de crítica social. Bookchin, por su parte, reconoció el exceso verbal de sus ataques y afirmó igualmente su amor por la naturaleza salvaje y su reconocimiento por la labor admirable que llevaba a cabo EF! El exabrupto y la ofensa dieron paso a la compresión y al respeto mutuo.
Bellos gestos y bellas palabras, sin duda. Y aunque todo ello fuera necesario y edificante, no era suficiente para lograr una verdadera fusión de las dos corrientes, un verdadero cambio de orientación hacia un movimiento capaz de integrar ambas visiones de manera eficaz.

La petición por aquella época de Earth First! de crear reservas para la naturaleza salvaje con el nombre Wilderness Preserve System, y que incluía nada menos que unas 280 millones de hectáreas resguardadas de cualquier tipo de intervención humana, era sin duda una idea no solo subversiva, sino también juiciosa. El proyecto típicamente bookchiniano de llegar a un municipalismo libertario, descentralizar la sociedad, crear comunidades donde fuera posible el vínculo social sin jerarquías, en una relación más armoniosa con la naturaleza, podía servir igualmente como ideal deseable. Pero faltaba, y falta, entre ambas visiones algo que no es fácil de definir.

El primitivismo de algunos teóricos de EF! les hacía simplificar las cuestiones y pasar por encima de las mediaciones sociales y culturales que siempre han existido entre humanidad y naturaleza salvaje; cuando hablan del restablecimiento de una naturaleza salvaje es difícil comprender el lugar que ocupará en todo ello la cultura humana, más allá de la reproducción de modelos prehistóricos que es dudoso que estos teóricos puedan asumir en todas sus consecuencias. Esto, más que una crítica, es la expresión de una incertidumbre. Así mismo, las propuestas de un pensador como Bookchin se han quedado centradas en el municipalismo libertario y las ecocomunidades que, aún siendo sugerencias aceptables, no agotan ni mucho menos las posibilidades de vida en común dentro del planeta, así como tampoco las posibles formas de relación entre humanidad y naturaleza.
A mi parecer, ambas escuelas, si así pueden llamarse, fallan por exceso, intentan definir demasiado pronto lo que el mundo y la humanidad deben ser, sin pensar que ciertas cuestiones no se podrán ver claramente hasta que se den pasos que están lejos de haberse dado. Hasta ese momento, sería recomendable una forma de agnosticismo en lo referente a dichas cuestiones. El trabajo de llegar a saber lo que hoy debemos rechazar supone ya un esfuerzo considerable. La negación de la sociedad industrial y su ambición totalitaria, sin más, tal vez pueda ser un elemento suficiente para aliar las sensibilidades.

Aquel debate de 1989 quedó como un hito de algo que tuvo poca continuidad. Una de las aportaciones más provechosas que se pueden leer en retrospectiva de aquella época es el estudio que David Watson dedicó precisamente a Bookchin, Beyond Bookchin (1996), y que sirve de posible pista para una visión más integrada entre ecología social y otras corrientes cercanas a la ecología profunda. También, en el plano de la acción directa, podemos destacar al Frente de Liberación de la Tierra y similares, donde la defensa de la naturaleza se apoya en un ataque consciente y admirable a la sociedad del capital y del Estado, al industrialismo, y donde el encarcelamiento de la activista Marie Mason, condenada a 22 años de prisión por destrucción de la propiedad privada, constituye uno de sus hitos más recientes.

José Ardillo

Nota bibliográfica
Para tener una visión general de las corrientes ecologistas de aquella época se puede leer el libro Environmentalism and Political Theory. Toward an Ecocentric Approach (1992) de Robyn Eckersley. Este libro tiene la virtud de ser muy exhaustivo, pero puede resultar pesado dada la redacción de carácter académica.
Sobre la fundación y evolución de Earth First! en los años ochenta está el libro bien conocido Green Rage. Radical environmentalism and the unmaking of civilization (1990) de Christopher Manes. Este libro, siendo muy informativo y de agradable lectura, tiene el problema de haber sido redactado por un miembro de EF! que sólo cuenta las cosas buenas de la organización y apenas dedica espacio a las críticas.

Sobre Bookchin, además del libro ya citado de Watson, que es el más interesante, se editaron por la época dos libros. El primero, compilado por John P. Clark, Renewing the earth. A celebration of the work of Murray Bookchin (1988) era laudatorio, diez años después, el libro Social Ecology after Bookchin (1998) y editado por Andrew Light, mostraba numerosos artículos muy críticos con Bookchin, incluso de la mano del que fuera su aliado, John P. Clark. Del mismo Clark, se puede leer The Anarchist Moment (1984), donde también analiza la obra de Bookchin y diversos aspectos de la filosofía anarquista y de la crítica ecológica.
También es muy interesante la lectura del opúsculo Social anarchism or lifestyle anarchism. An unbridgeable chasm (1995) de Bookchin, donde recoge todas sus críticas airadas contra anarquistas anti-industriales, zerzanianos, partidarios del TAZ, etc., por supuesto, todos ellos sospechosos de ser criptofascistas y nihilistas.

Ignoro si alguna de estas obras ha sido traducida al castellano. Por lo demás, el libro Persona/Planeta de Roszak, que cito en el artículo, fue publicado en España por la editorial Kairós en 1985.

 

José Ardillo. Ekintza Zuzena núm. 37

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