Escribo de parte de un grupo (el col·lectiu contra el domini tecnológic “les hienes”) que tuvo una vida efímera. Empezamos juntándonos miembros de una misma asamblea universitaria para tratar el vasto tema de la tecnología. Veíamos a todo el mundo (también a nuestros compañeros) enganchados al teléfono móvil o a Internet. Compartíamos un rechazo y cierto desazón en la experiencia cotidiana de hablar con alguien y que éste estuviera constantemente mirando la pantalla de su smartphone. Al principio, constatamos como el tema nos afectaba profundamente y bromeamos sobre llamarnos Plataforma de Afectados por la Tecnología, parodiando a la PAH. Viendo que la cuestión de la tecnología era tan grande, decidimos acercarnos a ella por esa parte que más nos tocaba diariamente: la sociabilidad. Nuestras formas de relacionarnos están cambiando muy deprisa. Hemos sido testigos en muy pocos años de una rápida penetración de los smartphones e Internet en la vida social. Nosotros creemos que los movimientos sociales anticapitalistas deberían haberse tomado un tiempo de reflexión antes de asimilarlos ciegamente, intentando comprender que dinámicas colectivas generan. No pretendemos negar su poder de difusión ni su realidad para así marginarnos aún más, tan solo queremos suscitar un debate que ha brillado por su ausencia.
Antes que nada, para analizar estas transformaciones, me gustaría que el texto partiera de una breve anotación sobre la propia materialidad de los smartphones. Muy a menudo, las discusiones sobre si la red es libre (y democrática) pasan por alto la naturaleza física de estos dispositivos en un afán de presentar Internet y toda tecnología como neutral y carente de ideología. Pero la realidad es otra, y en este caso sangrienta y brutal. Los condensadores de los teléfonos móviles están hechos de coltán, un mineral escaso en el planeta por el cual se libran guerras desde 1998. Solo entre 1998 y 2003 se contabilizaron unos 7 millones de muertos [1]. Además, la propia extracción del coltán genera también millares de muertos y enfermos puesto que los trabajadores se ven expuestos a la radioactividad de otros minerales que se encuentran bajo tierra junto al coltán. Detrás de estos conflictos bélicos está el financiamiento del FMI y de diversas empresas fantasmas de las cuales se benefician los productores de móviles [2]. Esta materia prima es transportada a fábricas chinas del sudeste asiático como la gigante Foxconn, que ensambla aparatos para Apple, entre otras marcas. Esta compañía, en la cual trabajan 1,2 millones de personas, es conocida por su trato inhumano hacia sus trabajadores: jornadas laborales de más de 10 horas, 6 días a la semana, horas extra impagadas, salarios de miseria... Bajo estas condiciones, en la planta industrial de Foxconn se han suicidado decenas de personas. A raíz de esto, la empresa decidió colocar unas redes para los trabajadores que se tiraban por la ventana, así como establecer un contrato laboral por el cual los empleados se comprometían a no suicidarse. Hace dos años, uno de estos trabajadores decidió terminar con su vida. Era Xu Lizhi, un joven obrero de 24 años. Su caso apareció en algunos medios debido a su juventud y a que, en su escaso tiempo libre, se dedicaba a escribir poesía. Cito aquí parte de un poema suyo:
 
<<Taller, línea de ensamblaje, máquina, tarjeta de fichar, horas extra, salario,..     Ellos me han entrenado para volverme dócil     No sé gritar o rebelarme     Cómo quejarme o denunciar     Solo cómo sufrir silenciosamente el agotamiento.     (...)     Renuncio a faltar, renuncio a enfermar, renuncio a las faltas por asuntos personales.     Renuncio a llegar tarde, renuncio a irme temprano.     Por la línea de ensamblaje me mantengo firme como el hierro y mis manos vuelan.     ¿Cuántos días, cuántas noches     habré estado - así - dormido de pie?>>

<< Algrano Extremadura – Sembrando la duda >> Medio Libre de Comunicación

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