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Patriarcado y tecnología, un binomio complementario

La introducción repentina de novedades tecnológicas ha sido siempre un factor de distorsión social, a veces ampliando los márgenes de libertad, pero generalmente aumentando la dominación y la opresión (aunque a menudo haya un espejismo temprano liberador). Este fue el caso de la máquina de vapor, que en su momento, fue alabada por toda la intelectualitad progresista y por el asociacionismo obrero integrador (integrador al sistema naturalmente). El pueblo “pequeño”, los pobres, los jornaleros y los marginados … y, naturalmente las mujeres (que participaron como protagonistas en revueltas, disturbios y saqueos varios), tuvieron claro desde el principio que la máquina de vapor y sobre todo la fábrica eran sus enemigos. Así en todo el mundo en proceso de industrialización, las revueltas populares, la quema y destrucción de máquinas, los atentados contra empresarios y encargados se extendieron y, en algunos lugares, se convirtieron en procesos insurreccionales en los que los estados tuvieron que invertir esfuerzos militares superiores al de las guerras convencionales. En Cataluña, la acción central de la resistencia luddita, fue la quema del Vapor Bonaplata en 1835, en los disturbios de aquellos momentos tuvieron un papel importante las mujeres pobres y jornaleras, mientras que los obreros especializados tomaron el partido del poder defendiendo la fábrica con las armas en las manos (http://negreverd.blogspot.com/2015/07/els-luddites-catalans-i-la-crema-del.html)

El pacto patriarcal de los hiladores después de la quema del Vapor Vilaplana

A raíz de la quema de la fábrica Bonaplata, aparte de ralentizar la mecanización de las fábricas (por el miedo de los empresarios e inversores a las quemas), la revuelta de 1835 tuvo unos efectos colaterales (y contrarios) bastante importantes. Una parte de los actores obreros, bajo los auspicios de la patronal y los sectores asociacionistas oficiales, adoptaron la máquina como señal de identidad masculina. A partir de ahí se consolidó un pacto no escrito a favor de la máquina y del patriarcado. Hay un pacto patriarcal en toda la actividad productiva, que aparece con el trabajo asalariado y se mantiene hasta la actualidad y que hace, entre otras cosas, que la retribución tenga un sesgo de género. Este pacto entre hombre-patrón y hombre-asalariado (hombre en el sentido de género), si bien no nace con la industrialización, si que se extiende y se consolida con ella. Las diferencias salariales eran bastante grandes, de hecho ideológicamente el sueldo de las mujeres se consideraba complementario para el mantenimiento de la unidad familiar (aunque realmente era fundamental al igual que los de los trabajadores niñas y niños) y por lo tanto se justificaba que fuera más bajo, los trabajadores masculinos y los empresarios utilizaban el mismo argumento según el principio de “el hombre proveedor del pan” (male breadwinner).
Así, en una hilatura en Esparraguera, hacia la mitad del siglo XIX, en un equipo de 23 trabajadores, el único hombre adulto acumula el 25% de la masa salarial y los tres trabajadores masculinos (el adulto y dos chicos) el 34%, mientras que las 20 mujeres y niñas sólo 66% restante. Sólo hay una excepción a esta división salarial por sexos, las niñas de 10 a 14 años cobraban un 30% más que los niños de su edad, esta ventaja desaparecía en la franja de 15 a 19 donde los chicos ganaban ya un 10% más que las chicas. La diferencia se hace abismal a partir de los 20 años momento en que las mujeres cobraban la mitad que los hombres. Estas variaciones sólo pueden leerse en clave patriarcal, las niñas y las jóvenes están sometidas a un padre o a una madre que es quien dispondrá finalmente de su sueldo. En cambio las de más de 20 años, que pueden ser legalmente independientes o negociar su status con el marido o los padres, ven reducido (proporcionalmente) su sueldo y por tanto su capacidad de independizarse o de negociar. Los hilanderos de la Inglaterra excluyeron a las mujeres de la Gran General Union of Cotton Spinners en 1829, en Cataluña no se llegó a este nivel de exclusión, seguramente porque actuaban otros mecanismos y la mujer prácticamente no existió como asociada hasta la aparición de la Primera Internacional, y aún, muchos de los grupos que se integraron mantuvieron las prácticas misóginas contra el trabajo femenino y a favor de la desigualdad de sueldos. Nos referimos a las mujeres jornaleras, asalariadas, naturalmente hubo numerosas mujeres maestras de oficio (no sólo de oficios “femeninos”) y comerciantes.
De hecho, como quien dice ahora mismo, en 2017 el sueldo medio de las mujeres de la UE era un 16,2% inferior al de los hombres, y en España del 14,2%, los valores estadísticos deben relativizar habría que ver las diferencias por niveles salariales, por sectores y por categorías para poder hacerse una idea precisa de la situación real. En la documentación de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX el oficio de hilandero (hombre) es inexistente, hay tejedores, cardadores, tintoreros, paletas y carpinteros … pero no hay hiladores porque eran hiladoras y el trabajo de las hilanderas era invisible por los censos y escrituras públicas. Las jennys, las Bergadana y las mulas-jennys manuales (las máquinas de hilado de la primera industrialización) las manejaban casi exclusivamente mujeres y niñas, con algunos niños de ayudantes, durante toda la primera fase de la maquinización del hilado. Este panorama cambia con la aparición de las mulas movidas a vapor, y la hilatura se masculiniza a gran velocidad, a partir de 1835/6. Hasta el punto de que años después los hiladores pueden oponer una tradición (inventada) masculina en la entrada de las mujeres en el oficio. Esta sustitución la justifican los historiadores con dos razones, la primera la necesidad de una mayor fuerza física para operar las mulas a vapor no se sostiene ya que el oficio siguió siendo femenino en la Cataluña Sur, especialmente Reus, sin más problemas . La segunda razón, igualmente sesgada, pero más plausible, vincula la masculinización en las mayores “dotes organizativas y de autoridad” de los hombres en el trabajo subcontratista.
Paralelamente a la masculinización se desarrolla el societarismo obrero entre los hiladores, de hecho hasta el 1841 (ya en plena implantación del vapor y de aplicación del pacto patriarcal) no se constituye la Sociedad de Mutua Protección de Filadors de Barcelona, ​​esta asociación es imprescindible para imponer los derechos de los hiladores subcontratistas. De este societarismo nació las Tres Clases de Vapor, de ella el sindicalismo políticamente participativo, partidario de legislaciones laborales y aceptador del estado que se ha ido alargando agónicamente hasta el sidicalisme de nuestros días. En resumen un sindicalismo de orígenes maquinistas y patriarcales. Los hombres hiladores obtuvieron una serie de ventajas de su nueva posición laboral que sus predecesoras femeninas ni podían soñar.
El trabajo hilandero masculinizado se hacía mediante subcontratas, trabajaban a destajo para el patrón y de su sueldo pagaban a los ayudantes, así socialmente tenían una categoría superior a la de jornalero. Cuanto más escatiman el salario a los ayudantes más ganaban ellos. Y de hecho eran patrones intermedios. Si los ayudantes eran familiares (hijos, mujer, hermanas …), como ocurría muy a menudo, su papel de patriarca quedaba reforzado. Tenían el control de los sueldos, y si algún miembro osaba romper la estructura familiar (desobedecer), esta falta llevaba asociada, además de las penas generales, la pérdida del trabajo y por tanto del salario.
Finalmente la presencia de un superior de la familia en el lugar de trabajo garantizaba un control sobre la sexualidad de las jóvenes trabajadoras. Los métodos pedagógicos de los hiladores hacia sus pequeños ayudantes eran sumamente expeditivos, como relata un maestro de Sallent a finales del XIX “había algunos, claro que eran los menos, que se distinguían por crueles para con sos pequeños auxiliares, cuáles al más pequeño descuido eran flagelados por medio de un trozo de cuerda bien gruesa …, y eso aún; muchas veces castiga «el mecher» lanzándole un rodillo en la cabeza, produciéndose buena herida, pues estos rodillos de un palmo de largo y de madera fuerte son pesados. Encontraríamos pocos hiladores que no sean señalados de este maldito abuso, víctimas cuando eran «metxers» “en estas condiciones difícilmente se puede considerar que los jóvenes ayudantes fueran realmente asalariados. Las palizas a aprendizas y aprendices fueron moneda común hasta bien entrado el siglo XX, en 1885 la Revista Social denunciaba las azotes a los aprendices de Can Batlló de la Bordeta con azotes de cuerdas con nudos.
El control del hilandero adulto sobre jóvenes y mujeres le permitía reforzar la estructura familiar, lo que era de su interés, pero también de los empresarios. En un dictamen de un Reglamento de Policía Fabril elaborado por ámbitos cercanos a los empresarios se dice “Es muy común en nuestros trabajadores el emanciparse por sí solos de sus padres luego que ganan la suficiente para abastecerse a sí mismos. Reunidos cuatro o cinco, alquilan un cuarto para dormir, comen en Figones, y otros viven amancebados…”. Cosas similares decían los curas de Bejar, refiriéndose a las jóvenes tejedoras” viven sin dependencia, sin corrección y sin pudor “. Este libertinaje tan inconveniente para unos y otros podía ser eficazmente combatido ligando el sueldo a la fidelidad al grupo familiar. Un poco más tarde, en 1868 una comisión de 5 socios de la “Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País” visitó la factoría de la España Industrial con el fin de elaborar un informe “moral”. Este tipo de informes eran muy del gusto de la Sociedad, de hecho uno de sus objetivos era que los obreros “se convenciesen de que el industrial no es para ellos un capitalista que las explota, y con su sangre y su sudor levanta su fortuna (…); sino que le deben gratitud, que le son deudores del trabajo merced al cual pueden cubrir las necesidades de la vida “. En su informe comentaban la situación de acoso sexual en la fábrica, por lo que se da a entender no sólo de las chicas y niñas, “la moralidad de este gran número de jóvenes de diversos sexos que andan mezclados con los adultos, los cuales por el calor que se respira en las cuadras, no llevan más ropa que la indispensable para cubrir la desnudez”… También se reseña la manera en que se resolvían algunos de los desórdenes morales producidos  “sobre un total de 1500 a 1600 individuos y en el espacio de 20 años que está funcionando La España Industrial, han tenido que deplorar sus jefes hasta 7 ofensas a la moral, a saber, 5 entre solteras y 2 con mujeres casadas separadas de sus esposos: de dichos abusos se han reparado 2 por haberse celebrado el matrimonio, y en 1 solo de estos hechos tuvo complicidad un contramaestre”, sembla que no intervinguessin homes en aquests “abusos” que produien molta pena als industrials… “el sinsabor que ha de causar a todo industrial, la noticia de un hecho semejante, cometido por razón de la concurrencia de los culpables en sus talleres”.
Y es que, a pesar de todo, en la confluencia que va de la sociedad preindustrial a las primeras fábricas van a  desarrollarse y, de alguna manera mantenerse, espacios donde las relaciones fueron más libres (más independientes, menos correctas y menos pudorosas, como se lamentaban los curas de Bejar). A los grupos de trabajadores trashumantes, tanto en las «labores» tradicionales (de segador, de vendimiadores, de trabajos en el bosque …), como en las nuevas generadas por las variantes necesidades del sistema productivo o por el empobrecimiento generalizado consecuencia de los nuevos modelos de explotación agraria, se mantenía viva una sexualidad menos «ligada», percibida por el poder como peligrosa, de ahí las reclamaciones de pasaportes, cédulas, certificados de matrimonio a las parejas y autorizaciones de tutores, padres, hermanos y maridos a las mujeres solas. En los inicios de la industrialización entre los noveles trabajadores pre-industriales se han documentado relaciones de “libertinaje” en el cortejo (los “encuentros de luz” de los tejedores de Zurich) o las “bodas” heterodoxas (fuera del ámbito del estado y de la iglesia) de pobres en toda Europa. En las resistencias cotidianas a la industrialización, las trabajadoras y los trabajadores desarrollaron metodologías originales, refugiándose en el usos y costumbres de una manera distinta a la de los capitalistas y de los clericales, la variedad de estas resistencias aún no ha sido suficientemente sondeada (resistencia obrera al trabajo).
Los hiladores subcontratistas eran intermediarios entre el patrón y el resto de trabajadores y ejercían “paternalmente” de freno frente “libertinajes”, huelgas, reclamaciones y reivindicaciones. Al mismo tiempo una queja o reclamación vehiculizada a través de ellos tenía más probabilidades de ser satisfecha, así los otros trabajadores tenían que acudir a ellos como intermediarios con el capitalista. Además los hiladores hombres eran una especie de “controladores aéreos” del momento, los trabajadores mejor pagados de Cataluña (excepto contramaestres de fábrica). Un hilandero que gobernaba una mule-jennny a vapor ganaba un jornal semanal de unos 100 reales frente 50 reales de los tejedores mecánicos, 76 de los tintoreros o los 65 de los pintadors. Otros oficios también tenían una estructura de subcontratos a partir de un patriarca depositario del oficio, el mismo sistema se utilizaba por ejemplo en el tejido, en el que la masculinización fue más temprana que en la hilatura.
De hecho en los talleres que la Sociedad de Tejedores poseía, la estructura jerárquica era calcada a la de las empresas con un patrón capitalista y ninguna mujer fue tejedora (en muchas épocas y localidades las mujeres fueron tejedoras, los talleres societarios resultaron más patriarcales que los estrictamente capitalistas), sólo ayudantes y trabajos auxiliares.
La pregunta que nos debemos hacer es:  ¿que dieron los hiladores hombres a cambio de todas estas ventajas? Sin duda el sistema subcontratista daba ventajas a los fabricantes, pero no parece que fueran suficientes para justificar las concesiones tanto por encima de las condiciones generales de los trabajadores de otros sectores. De hecho, en el momento en que pudieron, los patrones abandonaron el sistema y refeminizaron el trabajo. ¿Cuáles eran pues las ventajas conseguidas por la patronal a cambio de tantos privilegios? … Hay un vínculo cronológico entre la masculinización y la refeminización del trabajo hilandero y la implantación de nuevas tecnologías fabriles a lo largo del periodo 1840-1855, el vapor masculiniza , la selfactinas feminiza (feminiza en el sentido de precarizar y devaluar un trabajo, no es pues un adjetivo ligado a femenino, sino a las condiciones sociales del género).
Quizá sea aventurado afirmar que hay un pacto entre los fabricantes y los hiladores subcontratistas, a favor de la máquina a vapor, pero la aparición de los hiladores hombres coincide con la extensión del uso del vapor y sobre todo la amortiguación de la resistencia a la máquina. El vapor es conveniente para los fabricantes y los hiladores hombres … y así éstos obtienen beneficios económicos y sociales que ningun otro estamento obtiene … una posición favorable al vapor de un estamento influyente de trabajadores puede valer el precio que se pagó … Además, la subcontratación dentro de la fábrica (y no fuera como se había hecho anteriormente) disciplina y habitúa a los trabajadores en el ambiente fabril, hace avanzar el proceso de industrialización internalizada de los trabajadores.
Los atentados contra las máquinas, a partir de 1835, se convierten en sabotajes secretos, quizá individuales, y pierden el carácter insurreccional de Alcoy, Camprodon y del vapor Bonaplata. Hasta la rotura del pacto con la introducción de las selfactinas no vuelve a haber destrucción colectiva de máquinas. Se puede decir pues que la maquinización y el patriarcado doméstico fueron de la mano, reforzándose el uno al otro, hasta que la maquinaria fabril estuvo suficientemente desarrollada y este pacto ya no fue necesario para el capital, entonces se deshizo, a pesar de la resistencia hiladora, y fueron cada uno por su lado.
De todas formas tanto al maquinismo como al patriarcado «les aprovecho» y ambos disfrutan, al menos aparentemente, de muy buena salud. El caso de las hilanderas de Cataluña, evidentemente no es único, es un caso generalizado, el sesgo genérico ligado a la tecnología es un hecho recurrente. Por ejemplo tenemos el caso de la mecanografía, primero se consideraba un trabajo “demasiado duro” para ser desarrollado por las mujeres (a parte de un trabajo valorado, cualificado y bien pagado), en el momento que la mecanografía se extiende y se regulariza, generalizadose y perdiendo “valor” se va feminizando (y, paralaralelamente, se va reduciendo el sueldo). Un caso especialmente punzante es el de las “calculadoras”, no las máquinas, sino las mujeres que, anteriores a la informática, se encargaban del trabajo de hacer los cálculos necesarios para la ingeniería (los ingenieros eran hombres), mediante la habilidad personal acompañada de medios mecánicos bastante rudimentarios, eran tan fiables que los primeros cálculos hechos con herramientas informáticas eran revisados ​​por ellas, incluso en los primeros pasos de los programas de exploración del espacio, tanto por parte de la URSS como de EEUU. Una vez irrumpió el cálculo electrónico, especialmente el digital, el papel de estas mujeres, las calculadoras, quedó arrinconado, a partir de entonces el papel de las mujeres en la computación quedó reducido al de las “perforistas”, las perforistas , fueron las mujeres que se dedicaron laboralmente al trabajo de preparar, mediante máquinas similares a las máquinas de escribir, las fichas perforadas que fue el estándar impuesto por IBM ( los orígenes de la computación ), esta tarea fue más embrutecedora y monótona que la de mecanógrafa, donde el contenido del trabajo escrito era, al menos, en un lenguaje legible y comprensible para las trabajadoras.

¿Está vigente el pacto patriarcal que firmaron capitalistas y obreros especializados a los principios de la industrialización?

El papel de la tecnología en el mantenimiento del patriarcado, es un debate no resuelto, y por supuesto no será aquí donde podremos aclararlo, cuál es el papel de la dominación tecnológica ?, ¿cuál el de la dominación económica? … cuál el de los dos juntos interactuando con otros factores, “sexuales”, sociales …..?. Las mujeres están subrepresentadas en el mundo de la tecnología digital (es un hecho), hay quien explica esto mediante determinismos biológicos o sociales … Explicaciones estúpidas e inconsistentes. A modo de ejemplo, en la carrera de ciencias exactas, que es realmente la base del mundo digital, los porcentajes de hombres y mujeres están equilibrados (al contrario que en las ingenierías, que sólo son la parte instrumental), pero, y esto es muy importante, el número de mujeres licenciadas cada año es superior al de hombres licenciados.
Pero el tema tecnológico naturalmente no se limita a los obstáculos para la entrada en el sector informático, hay un abismo entre los sueldos de hombres y mujeres, que son en conjunto un 14% inferiores (en algunos pocos sectores menos, en otros mucho más ). Esta diferencia no está en el número de CEOS s mujeres o el número de directivas o de directivos, sino en la relegación de la mayoría de las mujeres en los lugares más bajos de la escala salarial, lugares generalmente “desatados” de la tecnología. Hay un ejemplo (es sólo un ejemplo, hay más) que puede aclarar la cosa: a la limpieza viaria, la mayoría de mujeres manejan la escoba, los sitios de los conductores de barredoras y vehículos de lavado a hidropresión (lugares más ligados a la tecnología y mas bien pagados) son ocupados mayoritariamente por hombres, el argumento de la “fuerza física” en este caso es evidentemente falso, lo más penoso físicamente es el barrido. Es frecuente ver brigadas mixtas manuales/mecánicas donde la mayoría del trabajo manual la hacen mujeres y «la barredora», que va recogiendo todo lo que apilotonan las barrenderas (y algunos barrenderos), la conduce un hombre … una condición que tiene puntos en común con la de los hiladores del siglo XIX.
Hay muchos sectores donde se mezclan hombres y mujeres, donde cada categoría tiene su sueldo (¿todos iguales?), pero donde las categorías más valoradas (o mejor pagadas) y generalmente más ligadas a la tecnología son ocupadas por hombres. ¿Cuál es el pacto patriarcal que está en la base de estas “diferencias” ?, ¿cuál es la contrapartida que recibe el capital por “renunciar” a la fuerza del trabajo y el talento de las mujeres ?. Sin duda la cosa es más compleja, pero es un hecho que los trabajos más teologizados, siempre que sean económicamente mejor pagados, suele ser ocupados mayoritariamente por hombres, de alguna manera esto debe dar beneficios a las dos partes, a los hombres y al capital.

Fuente negre i verd

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