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El suelo que pisamos

La sociedad capitalista europea ha experimentado una enorme mutación desde que se manifestaron los primeros síntomas de una crisis estructural allá por los pasados años setenta. Hasta entonces el capitalismo había alcanzado altas cotas de crecimiento, lo que había permitido una subida general del nivel adquisitivo de las clases trabajadoras. En consecuencia, la vida cotidiana se abría a la mercancía de par en par, entronizándose una sociedad de consumo. Los derechos sociales adquiridos configuraban un Estado del bienestar consolidado por los pactos sociales que se habían firmado entre los empresarios, los gobiernos y los sindicatos. Las nuevas condiciones estándar de vida corroboraban el ascenso de las masas laboriosas dentro de un capitalismo nacional reforzado gracias a la institucionalización de las organizaciones obreras, pero que comportaba pérdida de lazos comunitarios, inmersión en la vida privada, disolución familiar y generalización de conductas individualistas. Desapareció la representatividad de los partidos obreros y sindicatos -puras maquinarias burocratizadas- los vínculos de clase se aflojaron con rapidez y los sentimientos de pertenencia se disolvieron ante la tentadora abundancia de mercancías. La identidad de clase se trocó en una ciudadanía de mercado. El trabajador se convirtió en cliente, y la conciencia proletaria, en conformismo mercantilizado. La capacidad de consumir y por consiguiente, de ostentar, era lo que confería estatus social, no la combatividad o la solidaridad. Cuando la economía se apodera de toda la vida social importa mucho menos el ser que el parecer. La transformación regresiva de la mentalidad obrera que se produjo -denominada por Ulrich Beck “proceso de individuación”- hizo que los cambios fueran irreversibles.

La nueva conflictividad de los años sesenta y setenta venía lastrada por la integración en el sistema de importantes sectores de la clase obrera tradicional a través del “bienestar” protector y el consumo. Sin embargo, el aparente triunfo capitalista sacaba a la luz numerosos puntos débiles: desigualdad en aumento, enseñanza retrógrada, autoritarismo estatal, patriarcalismo, discriminación de minorías, sobreexplotación de la mano de obra inmigrante, mercantilización del vivir, etc. Tales contradicciones crearon un estado general de insatisfacción que desembocó en una gran crisis social, cuyo punto culminante fue la revuelta de Mayo del 68. Dicha crisis no se agudizó al finalizar el desarrollo acelerado que había comenzado en la posguerra. Paradójicamente, la crisis de la economía se detuvo ante la crisis económica. El ataque frontal contra una economía que funcionaba bien, aflojó cuando ésta empezó a funcionar mal. Los peligros para el standing consumista de los asalariados, avivados por la comunicación unilateral del Poder y la burocracia sindical, jugaron más a favor de la conservación del capitalismo que de su desmantelamiento. El agobio de un capitalismo renovado fue preferible a una vuelta a la penuria, y por consiguiente, el segundo asalto proletario a la sociedad de clases –y primero contra la sociedad de consumo- se saldó en un fracaso. El Estado se rearmó y la crisis pudo superarse mediante una reestructuración de la producción y una mundialización de los mercados.

Algo tan banal como el súbito incremento del precio del petróleo puso fin a tres décadas de crecimiento capitalista ininterrumpido. La acumulación de capitales se ralentizó, cayeron los beneficios empresariales y aumentó el paro. La inversión y el consumo de masas se resintieron. La estabilidad de la economía depende del crecimiento: el desarrollo lo es todo, el fin, nada. Con el objetivo de relanzarla, la industria se reconvirtió, se cerraron grandes empresas, se expandieron los servicios, se desreguló el mercado laboral y se globalizaron las finanzas. Fue el fin del capitalismo de base nacional y familiar. La mujer, liberada del rol doméstico que le asignaba la familia, fue esclavizada por el capital en tanto que mano de obra barata y subalterna. La conversión de la mujer en fuerza de trabajo acarreó la caída de los tabúes sexuales, hecho que el capitalismo supo integrar mediante un tipo de permisividad moral que Herbert Marcuse denominó “tolerancia represiva”. Todas las barreras y controles del movimiento de capitales fueron suprimidos: el casi nulo crecimiento alentó el neoloberalismo de finales de los años ochenta. Se inauguraba una época caracterizada por la desvalorización de la fuerza de trabajo y la destrucción del territorio: el descenso de los salarios, el trabajo precario, la pérdida de derechos sociales, la alimentación industrial, las grandes superficies comerciales, la urbanización salvaje, la construcción de autopistas, et turismo de masas, etc., fueron sus rasgos más relevantes. La lógica especuladora y depredadora, típica de las finanzas, se extendió a la producción, a la distribución y a la explotación del territorio. Con las políticas monetarias que desincentivaban el ahorro, con el incremento de la deuda pública y con el crédito a espuertas, se quiso compensar la caída de la inversión privada y la congelación de los salarios. La crisis pudo disimularse un tiempo, pero solo para volver a manifestarse en estos últimos años gracias al estallido de las “burbujas” inmobiliarias y financieras, a las bancarrotas de algunos estados y a los grandes agujeros bancarios.

Por culpa de la mundialización, todo el planeta, todo el territorio -la tierra, el agua y el aire- y todos sus habitantes -sus conocimientos, habilidades y capacidades- cayeron dentro de la esfera económica en tanto que capital-recursos. El territorio, fuese rural o urbano, se convirtió en objeto de comercio y laboratorio de pruebas, siendo sus pobladores los conejillos de indias de un estilo de vida industrial y un comercio a gran escala. La fase globalizadora destruyó las sociedades campesinas y los restos de capitalismo nacional causando hambrunas y guerras, lo que sumado a una demografía explosiva, están desencadenando hoy en día oleadas migratorias capaces de desestabilizar el panorama político-social de los países afectados. Los desplazamientos de población se incrementarán a medio plazo cuando el nivel del mar suba demasiado por culpa del calentamiento provocado las continuas emisiones de gas con efecto invernadero. Pero la globalización también ha traído consigo no solamente el cambio climático, sino la contaminación de tierras, aguas y atmósfera, el aviso de agotamiento de las fuentes convencionales de energía y materias primas no renovables, el descenso de las reservas de alimentos, la ampliación de la maquinaria punitiva y, por último, un deterioro palpable de la salud física y mental. El crecimiento a ultranza -el desarrollismo- liberaba fuerzas destructivas no controlables; la producción de valor se vio de pronto asociada a la producción de amenazas y desastres. Los límites externos del capitalismo se hicieron visibles. El colapso civilizatorio se ha convertido en la cantinela de un catastrofismo profesional que reclama medidas al Estado. El desastre es ahora el elemento central de la producción industrial, y, si nos atenemos al espíritu del nuevo capitalismo, un nuevo factor de crecimiento y de conflicto, de forma que su presencia habitual ha terminado por convertir la lucha contra la devastación y la explotación del “capital” territorio, o sea, la cuestión territorial, en el eje de la cuestión social.

Es innegable que la economía mundial presenta signos evidentes de estancamiento a pesar del relanzamiento del crédito, de la demanda china y del capitalismo verde. La digitalización y la conectividad vuelven superflua en muchas áreas la fuerza de trabajo, única fuente de valor, generando una mayor desigualdad en la sociedad. La alta productividad redunda en un descenso de la tasa de ganancia, y por consiguiente, en un aumento de la desocupación y de la precariedad que implica una disminución de los salarios y las pensiones, y un aumento del precio de la vivienda y del alquiler, males que no pueden compensarse con una redistribución de ingresos realizada desde el Estado, puesto que el fomento del gasto social y las ayudas a la pobreza solamente resultan eficaces en un crecimiento alto. Las promesas de bienestar consumidor no se han cumplido ni se cumplirán, antes bien la desregulación del mercado laboral ha originado un mercado de la precariedad en expansión. El temor a la exclusión actúa como un regulador a la baja, función que antaño competía al paro. De ahí el chantaje de la creación de puestos de trabajo al que se somete constantemente a la población en riesgo de perder sus medios de subsistencia, dispuesta a morir de cualquier ponzoña con tal de no morir de hambre.

La degradación del empleo alcanza a la clase media diplomada, que disminuye porcentualmente pero sin perder la mayoría en el mundillo asalariado, lo cual explica la sorprendente ausencia de conflictos serios en una sociedad atravesada por antagonismos irresolubles. El sistema democrático parlamentario se resiente, pues al desaparecer lo que quedaba de “demos” los partidos dejan de representar intereses políticos concretos y se convierten en aparatos de gestión completamente equiparables. El dominio absoluto de los mercados vacía de contenido la política, que tiene que recurrir cada vez más a los gestos, los lugares comunes, los twits y los símbolos para conservar a su público. El espectáculo de una representación separada es tanto más necesario cuando mayor es el descrédito de la mediación profesional. Un capitalismo sin crecimiento suficiente requiere un sistema de partidos-empresa, o dicho de otro modo, necesita una democracia de fachada sin verdadera ciudadanía, eso que la sociología ahora llama “posdemocracia”. Pero la imagen tópica de la soberanía popular es imposible de mantener cuando la toma de decisiones está completamente fuera del alcance de los votantes y hasta el más resignado de ellos lo sabe. Contra viento y marea, el ciudadanismo juega sus cartas intentando recuperar la vieja “democracia-espectáculo” e inventa nuevos partidos y plataformas electorales basándose en la obsoleta oposición derecha-izquierda. ¿Izquierda de qué? En realidad, sus programas utilitarios buscan la salvación de los sectores de la clase media asalariada golpeados por la crisis con un reparto de cargas que les perjudique menos. Dicho de otro modo, mediante un gobierno más proclive a los impuestos que el de sus competidores populistas de derechas, o sea, retornando al keynesianismo presupuestario, algo de muy problemático resultado en un contexto catastrofista.

La idea de progreso es un fraude. Lo único que progresa es la barbarie. El capitalismo no tiene remedio, por lo que inventarse combinaciones políticas para tratar una crisis sin solución no sirve más que para prolongar esta. No existe un capitalismo duro y otro humanizado, sino un solo capitalismo con graves problemas de crecimiento y acumulación que retrotraen a escenarios de penuria y de cárcel. Pero esto no se evita con maniobras keynesianas, capital ficticio o proezas tecnológicas. Al capitalismo no se le reforma ni se le traba, se le aniquila o se le deja el camino libre. Es irreformable, y si se trata de acabar con él, los medios no pueden estar en desacuerdo con los fines. Hace falta una confrontación social profunda con el Estado y al mismo tiempo, la construcción de alternativas anticapitalistas en zonas que pugnan por liberarse. El órgano vertical de la dominación de clase ha de ser criticado en la práctica por organismos horizontales paralelos que atiendan no solo a las necesidades de la información y la lucha, sino a la subsistencia, como por ejemplo los relativos a la ocupación de viviendas, la producción de alimentos y energía, la asistencia médica y jurídica gratuitas o la enseñanza desescolarizada. Eso solamente será obra de amplios movimientos autogestionarios de resistencia, todavía débiles al no haber ido más allá de experiencias efímeras que nunca superaron al estadio informal. La emancipación de los oprimidos no puede tener más objetivo que el de un mundo justo, libre, igualitario, equilibrado, solidario y autogestionado.

Miguel Amorós, 25 de octubre de 2018.

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