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En Bruselas, una ZAD contra la macrocárcel

Compartimos este articulos que han traducido los compañero de Briega de


Nota de Briega: traducción de un artículo publicado en lundi.am

Desde hace más de tres años, en el norte de Bruselas, militantes ecologistas y vecinos se oponen a la construcción de la “macrocárcel” de Haren. Lo hacen desde una ZAD (Zona a Defender) situada junto a unas vías de tren, dónde se suceden, en un ambiente amistoso, jornadas anticarcelarias y otras charlas. Entre los juicios a los militantes y los plenos en el Consejo de Estado, la lucha se organiza.

Sábado 23 de marzo, 11:30 de la mañana. Bajo la mirada de una brigada ciclista cuyos reflejos fluorescentes contrastan con las grises calles de Bruselas, varias decenas de personas se han reunido detrás de unas pancartas rojas y negras. En el centro de la plaza, se leen comunicados que tratan de explicar detalladamente lo que supone el proyecto de la mega-cárcel, y el proceso judicial que le acompaña. Entre los presentes se encuentran algunos miembros del colectivo “Haren Observatory”. Una plataforma que agrupa a vecinos y militantes de la lucha anticarcelaria encargados de informar sobre el alcance y la evolución de la construcción de esta cárcel “moderna”. Bastantes vecinos salen de sus casas y se acercan a los militantes para informarse. Se les reprocha a menudo de tener un posicionamiento Nimby (acrónimo de la expresión Not In My BackYar, “no en mi patio trasero”) y de luchar contra cárcel solo para que se construya lejos de sus casas. Los miembros de las asociaciones presentes les invitan a descubrir la Zona a Defender y sus reivindicaciones. De hecho, algunos de ellos se sumarán después a la marcha hacia la ZAD que se inicia tras la lectura de los comunicados.

Resultado de un PPP (Colaboración Público-Privada, por sus siglas en francés) este proyecto de mega-cárcel tiene como objetivo reunir a más de 1.100 presos. Un poco menos de veinte hectáreas han sido desbrozadas para dejar sitio a los muros de la futura cárcel de Haren, situada en el corazón de un barrio de Bruselas de unos 4.000 habitantes. El proyecto, cuya fecha de inicio de las obras ha sido adelantada por la empresa para evitar cualquier decisión contraria por parte del Consejo de Estado, está en el centro del debate público desde hace varios años, y cada poco tiempo entra en la escena política a medida que van saliendo las sentencias judiciales. La poca transparencia en torno a la construcción de esta cárcel se ha visto acentuada en la medida en que no se ha llevado a cabo ninguna consulta previa entre los vecinos, cuando el lugar está rodeado de barrios residenciales.

La ZAD se extiende a lo largo de un trozo de vía que la separa del terreno dónde se construye la mega-cárcel. Mediante megáfono se anuncia la posibilidad de ir a ver las obras pasando bajo las vías, al tiempo que se precisa “¡no nos precipitemos, no queremos que la policía piense que queremos ocupar el terreno!”. Un policía masculla “eso, que ya vale de jugar al ratón y al gato en el barro…”.

Del otro lado de las vías, se reúne con el policía uno de sus compañeros para hacer frente a algunos habitantes de la ZAD, así como a una vecina, que preguntan si “meterán a toda la gente de por aquí en la cárcel cuando esté construida”. El segundo policía participa por su parte en una discusión sobre si se puede confiar en las instituciones y sus decisiones. Una militante le recuerda que la auditora en el Consejo de Estado sobre el proyecto de macrocárcel se ha posicionado a favor de la anulación del permiso de urbanización, pero que Cafasso, el conglomerado encargado de financiar, construir y asegurar el mantenimiento del establecimiento, ha adelantado, en consecuencia, la fecha del inicio de las obras. El policía le contesta que no estaba enterado de eso y que si está aquí es porque cumple con su deber. Se da la vuelta y entra en su furgón antidisturbios, mientras le sustituye uno de sus compañeros.

Un grupo de militantes anarquistas se dirige hacia las vías pasando por encima de unas vallas arrancadas. Tras el paso de dos trenes regionales, descubrimos las 19 hectáreas desbrozadas donde las plantas han sido sustituidas por el incesante ruido de las máquinas. Los furgones de la policía parecen coches de juguete al lado de las inmensas grúas que se activan en el cielo gris.

Del otro lado de las vías, se debate sobre ecología en torno a unas Keelbier, una cerveza producida en apoyo a la lucha contra la cárcel de Haren. La mitad de la recaudación se destina a la cervecera y la otra a una caja de resistencia para los temas jurídicos y las necesidades materiales en la zona. Tres militantes instalan una mesa al lado de la olla que ofrece comida a precio libre, que llenan de pines, pegatinas, carteles y escritos políticos.  Encontramos desde escritos de Kropotkin a Marx, pasando por numerosas revistas y obras de estudios sociohistóricos sobre la cárcel y literatura situacionista.

Delante de una cabaña situada junto a dos autocaravanas, dos perros juegan bajo un chaleco amarillo colgado de una rama. Una docena de personas está reunida en torno a una olla con pasta, mientras que dos periodistas graban un debate de en torno al movimiento de los Chalecos Amarillos y las futuras perspectivas del movimiento. Una militante con un megáfono anuncia unos talleres organizados por Genepi, una asociación que lucha por la desaparición de las cárceles. El primero es un taller antirracista y el segundo un taller antisexista, dos temas que relacionan con la lucha anticarcelaria. Los debates son animados, se ponen ideas en común. Cae una ligera lluvia sobre Haren, pero convergemos en torno a un escenario en el que un grupo se prepara para dar un concierto al lado de una hoguera.

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