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Huelga escolar contra el cambio climático

Comenzó en Bélgica. Desde el pasado 10 de enero, la juventud belga abandona los institutos y sale a las calles cada jueves para exigir medidas contra el cambio climático, en manifestaciones que han llegado a alcanzar las 35.000 personas en Bruselas (ciudad de menos de 200.000 habitantes). La adolescente sueca Greta Thunberg, convertida ahora en icono de las movilizaciones en los medios de comunicación y redes sociales, plantó la semilla con su perseverancia individual, faltando a clase cada viernes desde el inicio de este curso escolar para plantarse delante del parlamento con una pancarta que decía “huelga escolar por el clima”. Desde entonces, ha asistido como invitada a la Conferencia del Clima de la ONU en Katowice (Polonia) el pasado diciembre y al Foro Económico Mundial de Davos (Suiza) en enero.

En febrero el movimiento se fue propagando por Holanda, Reino Unido, Alemania, Francia, Suiza… Incluso a los demás continentes, con especial fuerza en Australia, donde ya en 2018 miles de estudiantes de instituto hicieron huelga contra la explotación de una mina de carbón. En todos los países, las huelgas y movilizaciones estudiantiles semanales han sacado a la calle a miles de personas, preparando el terreno para la convocatoria de una huelga estudiantil global para el próximo 15 de marzo.

Sin embargo, si echamos un ojo al mapa europeo de este joven movimiento, el Estado español aparece todavía como un lienzo en blanco aislado del resto. Girona se unió a los “Fridays for Future” (“Viernes por el futuro”, como se han llamado estas movilizaciones) a finales de enero, con algunas decenas de estudiantes de universidad concentrándose cada viernes frente a las oficinas de la Generalitat. En Barcelona, las sentadas por el clima comenzaron el viernes 22, mientras que en Valencia y en Madrid las movilizaciones se darán cita a partir del 1 de marzo. Es demasiado pronto, por tanto, para valorar el alcance que tendrá este movimiento en nuestro territorio, pero lo cierto es que los indicios no dan mucho lugar al optimismo, especialmente si consideramos la poca importancia que se le está dando no sólo desde los medios de comunicación sino también desde los movimientos sociales. Los antecedentes más recientes tampoco son muy esperanzadores: la manifestación celebrada en Madrid el 8 de septiembre de 2018 en el marco del movimiento global “Rise for climate” (en pie por el clima) congregó a no más de 400 personas. Ojalá el 15 de marzo dé la vuelta a la tortilla y nos haga tragarnos nuestras palabras.

En lucha por un futuro ya muy cercano

¿Serán los estudiantes de instituto el agente social de la lucha contra el cambio climático que estábamos esperando? Ciertamente, #ClimateStrike está logrando como mínimo que se hable del cambio climático en Europa como un problema político, que se abandone la idea extendida durante décadas de que las soluciones son individuales (obviamente, cambiar los hábitos y consumo personales sigue siendo necesario, pero totalmente insuficiente) y se ponga el foco en presionar a las instituciones para que tomen medidas de mayor alcance en todos los ámbitos.

Del mismo modo, estas miles de personas en la calle reclamando medidas concretas y efectivas combaten el catastrofismo que impera todavía en grandes sectores de la población y de los movimientos sociales, que se escudan en el “ya es demasiado tarde, el cambio climático es inevitable” como excusa para la inacción. Estas adolescentes europeas nos están recordando que hay mucho por hacer aún y que está en nuestras manos.

Algunas consideraciones sobre el movimiento

Por otro lado, no podemos obviar el riesgo de que la neutralidad política que mantiene este movimiento (y que seguramente haya sido un factor clave para alcanzar esas cifras de movilización) tenga consecuencias poco deseables. Ni las responsabilidades que ejerce todo el mundo sobre el cambio climático son las mismas, ni las consecuencias del mismo afectan a todo el mundo por igual, por lo que las medidas políticas que se tomen para combatirlo pueden ir en un sentido político o en otro bien distinto.

Llama la atención, por ejemplo, el hecho de que, aunque las movilizaciones estudiantiles tienen una mayor presencia de mujeres e incluso los iconos visibles también lo son (Greta Thunberg en Suecia y Anuna De Wever y Kyra Gantois en Bélgica), no parece que desde el mismo se esté incidiendo en una perspectiva de género que haga hincapié en de qué formas las mujeres se ven mucho más afectadas que los hombres por el cambio climático, como han demostrado infinidad de informes de organizaciones ecologistas y han reconocido incluso desde la convención de cambio climático de la ONU (UNFCCC).

Los países del Sur global, especialmente los pobres, especialmente las mujeres, son quienes menos contribuyen al cambio climático y quienes más están sufriendo las consecuencias. La juventud por el clima (#YouthForClimate) –formada en su mayoría por clase media del Norte global- tendrá que comenzar a poner el foco sobre el concepto de justicia climática, o correrá el riesgo de terminar avalando políticas que ahonden aún más esas desigualdades.

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