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Siria: la guerra que no nos han querido contar (I)

El conflicto en el país de Oriente Próximo se sustenta en mentiras: las grandes potencias defienden sus intereses políticos y económicos. El pueblo es lo de menos

En Siria no hubo en 2011 ninguna revolución. La guerra de Siria es el resultado de un conflicto entre dos sistemas; el secularismo socialista del Partido Baaz frente al islamismo liberal en lo económico de los Hermanos Musulmanes. Se trata de un enfrentamiento que lleva desangrando Siria desde los años sesenta, cuando los baazistas tomaron el poder por primera vez, y que en 2012 se recrudeció cuando islamistas de todo el mundo acudieron a la llamada de la yihad hasta provocar el conflicto que, entre disputas de poder y fuego cruzado, ha convertido a Siria en un puzzle de cientos de milicias, organizaciones e intereses que se sostienen sobre la muerte.

Desde el principio, la guerra se sustentó en mentiras. Estados Unidos busca mantener la hegemonía de sus aliados en la región para que sus empresas sigan operando en el mercado de los recursos. Junto a  Estados Unidos, Francia, Qatar y Arabia Saudí necesitaban encuadrar la opinión pública a su favor para que ésta respaldase una intervención directa dentro de Siria dando apoyo logístico, militar y financiero a los rebeldes. En ningún momento se planteó qué porcentaje de población local estaba a favor de su gobierno y qué porcentaje de población estaba a favor de derrocarlo porque, sencillamente, no importaba.

Rusia por su parte, bajo la excusa de defender Siria, decidió involucrarse en el conflicto para proteger tanto su estratégica salida al Mediterráneo en el puerto de Tartús como sus intereses comerciales y políticos. Con la Siria de Bashar al-Assad, Putin sabe que sus enemigos regionales no podrán construir un gaseoducto desde Qatar hacia Europa pasando por Siria, por lo que los rusos se aseguran ser los únicos que suministren gas natural a Alemania y países vecinos a través del mar Báltico. Al beneficio económico se le añade la ventaja política de poder chantajear con recursos básicos.

Irán, Israel, Turquía y Arabia Saudí están enfrascados en una disputa por la dominación regional, algo en lo que Estados Unidos juega un papel vital a favor de su principal aliado Israel.

Con la Siria de Bashar al-Assad, Putin sabe que sus enemigos regionales no podrán construir un gaseoducto desde Qatar hacia Europa

Entre las manifestaciones legítimas por reformas de 2011 y quienes querían derrocar al gobierno, hay una gama de grises que, tanto los Hermanos Musulmanes en el exilio como las Estados Unidos, Arabia Saudí, Francia y aliados supieron explotar, y que las organizaciones yihadistas aprovecharon para hacerse un hueco dentro de Siria.

Éstos países ya tenían en 2011 un objetivo claro: pedir una intervención para salvar al pueblo sirio, pero sin preguntar al pueblo sirio.

“Esta revolución es por dignidad”, “la ‘primavera árabe’ tumba a tres dictadores y otros tres permanecen en el poder” o “la primavera árabe se marchita”, titulaban algunos medios, la gran mayoría refiriéndose a la primavera árabe como un movimiento democratizador homogéneo; como una receta que podía aplicarse en cualquier país.

Las revueltas de Bahrein estaban lideradas por la oposición chií, mientras que en Túnez el movimiento islamista suní Ennahda buscaba aprovechar las protestas contra la dictadura para hacerse con el poder. Del mismo modo, Siria siguió un camino distinto que desembocó en la guerra que los Hermanos Musulmanes, un partido ilegalizado y responsable de varios intentos de golpe de Estado y magnicidio, llevaba deseando iniciar desde hacía tres décadas.

Lejos de lo que decían los titulares de prensa, la Siria presidida por Bashar al-Assad no era un país de partido único. Si bien hasta la reforma constitucional de 2012 el Partido Baaz Árabe Socialista gozaba de una posición privilegiada como partido del Estado, también son legales el Movimiento Socialista Árabe, Unión Socialista Árabe de Siria, Partido Comunista Sirio, Partido Comunista Sirio (unificado), Unionistas Socialdemócratas, Unionistas Socialistas, Partido de Unión Árabe Democrática, Partido Unionista Socialista Democrático, Movimiento de Pacto Nacional, Partido Social Nacionalista Sirio y Nasseristas.

Para entender el conflicto irreconciliable entre el Estado sirio y los Hermanos Musulmanes hay que conocer la base ideológica de ambos.

El Partido Baaz surge tras la descolonización y tiene como base ideológica el secularismo y el socialismo no marxista. Su ideología nacionalista árabe busca unir a una población desarraigada y sin identidad tras el Imperio Otomano y la colonización francesa, al tiempo que hace frente al panislamismo. Para ello apuesta por la construcción de un estado secular y anti-imperialista que reconozca todas las etnias y confesiones que conforman el país más diverso de Oriente Medio.

Los Hermanos Musulmanes, en cambio, buscan recuperar la identidad islámica de los países árabes y son liberales en lo económico y conservadores en lo social. Aunque se presentan como una organización islamista moderada, los Hermanos Musulmanes tienen un largo historial de violencia en Oriente Medio y el Norte de África. En los años 40 asesinaron al primer ministro de Egipto Mahmud Pasha, en los años 50 intentaron asesinar al presidente egipcio Gamal Abdul Nasser, y en 1988 se unieron al Frente Islámico de Salvación en Argelia, en un alzamiento islamista que provocó una guerra civil en la que murieron más de 200.000 personas.

La hermandad bebe del deobandismo, una corriente integrista del islam que busca volver a los orígenes del mismo para vivir como en los tiempos del profeta Mahoma y que también comparten los talibanes. Esta escuela persigue eliminar cualquier vestigio cultural, social y político que no tenga raíces islámicas.

En Siria no tardaron en convertirse en la principal fuerza de oposición sectaria al secularismo del Baaz, y desde que este llegase al poder en los años 60, han intentado derrocar al gobierno en múltiples ocasiones.

Además del rechazo que sienten los HHMM hacia las ideologías claramente seculares y “occidentalizadas” como la del Baaz (Renacer), hay que añadir que Bashar al-Assad es alauita, una minoría dentro del chiísmo. Según las escuelas jurídicas que engloban el integrismo suní, los chiíes son herejes a los que hay que eliminar, lo cual lleva la lucha política también al ámbito religioso sectario.

Hay que matizar que los HHMM no representan a todas las corrientes integristas que actualmente combaten en Siria, ya que, a pesar de compartir raíz ideológica, cada una busca aplicar la ley islámica de su escuela jurídica. Por ejemplo, los principales clérigos salafistas han declarado fatwas contra la hermandad porque consideran la actividad política un peligro para la da’wa y su objetivo final de instaurar la sharía destruyendo las instituciones previas.

Siria no es un país musulmán sino multiconfesional y multiétnico

El problema de ideologías pan-islamistas como la de los Hermanos Musulmanes reside en que Siria no es un país musulmán sino multiconfesional y multiétnico. Un Estado gobernado por la sharía llevaría inevitablemente a limpiezas étnicas y el exterminio de la mitad de la población.

Cuando Bashar al-Assad llegó al poder en el año 2000, hizo reformas que limitaban el control del Estado sobre la población. Esto provocó que la oposición islamista contase cada vez con menos base social, lo que se tradujo en que fracasasen todos sus intentos de golpe de Estado, por lo que se vieron forzados a buscar apoyos en el exterior; principalmente británico, francés y de EEUU. Poco antes de que estallase el conflicto, la oposición ligada a los Hermanos Musulmanes y asentada en Londres creó Barada TV, el medio de referencia que se utilizó para pedir el derrocamiento de Bashar al-Assad e informar en Europa de forma parcial y propagandística sobre las protestas sirias.

Según Barada TV, cientos y hasta miles de personas eran asesinadas por “las fuerzas de Assad” cuando protestaban contra el estado de emergencia, situación que vivía Siria desde hacía más de cincuenta años debido a los constantes golpes de Estado y la guerra con Israel, que lejos de haber terminado se mantiene con la ocupación israelí de los Altos del Golán. Según cables difundidos por Wikileaks, desde 2006 y tras congelar sus relaciones con Siria en 2005, los Estados Unidos entregaron a Barada TV más de 6 millones de dólares para operar el canal y financiar “actividades de la oposición” dentro de Siria. La financiación no terminó tras el mandato de Obama, sino que continuó con la administración Trump. Se estima que, entre 2005 y 2010, Estados Unidos introdujo en Siria unos 12 millones de dólares para financiar a grupos insurgentes opositores al Gobierno de Al-Assad antes de que estallase la guerra, una cifra que aumentaría exponencialmente durante la guerra hasta alcanzar los 12.000 millones.

Las diversas injerencias muestran que el conflicto se forzó desde el exterior, principalmente de la mano de potencias extranjeras y del entorno de los Hermanos Musulmanes en Europa, donde cuentan con 500 asociaciones ligadas a la Federación de Organizaciones Islámicas en Europa (FOIE), entre las que destaca el Movimiento para la Justicia y el Desarrollo, que entró en Siria –donde estaba ilegalizado– durante la guerra.

el conflicto se forzó desde el exterior, principalmente de la mano de potencias extranjeras y del entorno de los Hermanos Musulmanes en Europa

La demonización de Siria permitió justificar políticas como la de sanciones impuestos por parte de EE.UU., que tenían como objetivo debilitar la economía y agravar una crisis acentuada por la corrupción y el aperturismo económico que trajo por ejemplo consigo la retirada de algunos subsidios en zonas rurales afectadas por una sequía que en 2011 cumplía su quinto año. Estas políticas llevaron la economía al límite, acentuaron la desigualdad en un país más equitativo que Rusia, EE.UU. o España según el índice GINI y buscaron provocar una debilidad con la cual forzar el conflicto social.

Aprovechando el contexto de las protestas de 2011, los islamistas pudieron infiltrarse entre las masas e introducir combatientes extranjeros para derrocar al Gobierno o, de no lograrlo, iniciar la guerra. El plan había funcionado.

Hacia un nuevo orden mundial: la guerra ha reinventado las Relaciones Internacionales

Desde 2011 Siria se ha convertido en una especie de tablero de ajedrez en el que cada país tiene su pieza. El eje Estados Unidos, Israel, Arabia Saudí, Jordania y Emiratos Árabes Unidos está enfrentado a Rusia, Irán y China. Qatar y Turquía se mueven entre dos aguas, y países como Corea del Norte llegan a acuerdos con Siria sin hacer demasiado ruido. En medio, se encuentra la población siria, que solo anhela la paz y que todo vuelva a la normalidad.

¿Pero por qué terceros países iban a querer invertir millones de dólares en una guerra que no es la suya? En unos casos lo que persiguen no son más que acuerdos comerciales y el dominio de una región que conecta Asia con Europa. En otros, se trata de sobrevivir.

La supervivencia es lo que mueve a Israel y Arabia Saudí, que se sienten bajo asedio

La supervivencia es lo que mueve a Israel y Arabia Saudí, que se sienten bajo asedio. Tras la guerra de 2006 en la que Hezbollah se impuso a Israel en el sur de Líbano, el Eje de Resistencia formado por Hezbollah, Siria, Irán y Palestina se popularizó enormemente en el mundo árabe. Esto suponía un riesgo para la monarquía de los Saud, con una inestabilidad interna –acentuada por la minoría chií fuertemente reprimida– que el Estado nunca llega a controlar y un riesgo para Israel, que no podía ver fortalecidos a los enemigos con los que comparte frontera. Además, Israel es una potencia emergente con problemas demográficos debido al gran número de población judía de todo el mundo que acoge, por lo que mantener su política de asentamientos y el territorio ocupado del Golán se ha convertido en una necesidad. Todo apunta a que tras la guerra de Siria, habrá un recrudecimiento de las tensiones con el sur de Líbano donde hay una importante reserva de gas natural.

Las protestas de 2011 fueron una gran oportunidad para descabezar el Eje de Resistencia al intentar aislar Líbano, Siria y Palestina de Irán. Para ello, Israel y Arabia Saudí se valieron de compartir un objetivo común con los integristas suníes que buscaban eliminar el eje ante el temor de una dominación chií y pro-iraní en todo Oriente Medio.

Irán, al igual que Arabia Saudí, sabe que su supervivencia está en juego. La disolución de la Media Luna Chiíta (Irán, Irak, Siria y Líbano) haría que el país persa quedase completamente aislado y a merced de sus enemigos regionales e internacionales. Irán se ha involucrado en la guerra de tal modo que anualmente invierte miles de millones de dólares en dar apoyo a Siria tanto a nivel militar como logístico, entregando petróleo y ayuda humanitaria. Las cifras varían según las fuentes entre los seis mil millones y los veinte mil millones de dólares. Además del gasto monetario, los iraníes han perdido más de un millar de soldados en suelo sirio.

Este enfrentamiento entre Arabia Saudí e Irán ha afectado a las relaciones de los saud con Qatar, que es un importante aliado de los iraníes, desembocando en una crisis política en 2017 con bloqueos a Qatar por parte de Arabia Saudí y el cese de las relaciones diplomáticas de Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Bahrein y Arabia Saudí con Qatar. Durante unas semanas se llegó a hablar de una invasión saudí, pero eso jamás sucedió ya que en la capital de Qatar, Doha, Estados Unidos cuenta con una de sus mayores bases en la región, al-Udeid, con 11.000 efectivos y 100 aviones operativos.

Datos hasta mediados de diciembre.

Rusia no ha entrado en Siria por solidaridad internacionalista. Siria proporciona actualmente a Rusia la baza estratégica de la salida al mar Mediterráneo, por esta razón intervino militarmente para salvar del colapso al gobierno sirio cuando los rebeldes se encontraban más fuertes –antes de las luchas de poder que les han sentenciado–.

Los rusos no entraron a Siria hasta 2015. Durante los primeros años de la guerra, el Kremlin mostró cierta disposición a colaborar con EE.UU. en propuestas como la destrucción del arsenal químico sirio en 2013, pero vetaba constantemente las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas contra el gobierno de Bashar al-Assad. Hasta 2015 sus bases de Tartous, Latakia y Hmeymim se encontraban en zonas relativamente estables controladas por el Gobierno sirio. En 2015, sin embargo, el Gobierno se encontraba en una posición muy frágil y Rusia veía peligrar su salida al Mediterráneo. Es entonces cuando el Kremlin decide atender la petición del parlamento sirio y entrar con fuerza en Siria.

Otro interés central de Rusia es el tráfico de gas natural, que juega un papel fundamental en sus relaciones internacionales. Los rusos venden su gas a Alemania y países vecinos por el mar báltico, a través de Gazprom, a unos precios contra los que Estados Unidos no puede competir. Por ello, cuando hay una crisis diplomática Rusia siempre puede amenazar, como hizo durante la crisis en Ucrania, con cortar  los suministros de gas. Evitando que Estados Unidos venda gas natural catarí a través de un gaseoducto que tendría que pasar por Siria, Rusia consigue mantener su dominio diplomático del centro de Europa y mitiga el efecto de las sanciones impuestas por EE.UU.

Estados Unidos que busca mantener la hegemonía de sus aliados en la región para que sus empresas sigan operando en el mercado de los recursos, ha invertido al menos 500 millones de dólares según los datos oficiales solo en entrenar a los rebeldes. Sin contar el gasto de sus dos ataques con misiles Tomahawk en 2017 y 2018 contra múltiples posiciones sirias. Solo entre 2014 y 2018 reconocen haber invertido 12 mil millones de dólares en Siria  para crear nuevas fuerzas  de seguridad en territorios de la oposición, entregarles armamento, estabilizar localidades, organizar operaciones militares y civiles… según el exembajador de EE.UU. en Damasco.

Estados Unidos ha invertido al menos 500 millones de dólares según los datos oficiales solo en entrenar a los rebeldes

Una de las razones que alega Estados Unidos para justificar su inversión y apoyo a los rebeldes son los crímenes que atribuye al Gobierno sirio, entre los que juegan un papel clave ante la opinión pública los ataques químicos. Sin embargo, su atribución al gobierno de Al Assad es controvertida, ya que la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), respaldada por Naciones Unidas, sigue sin encontrar evidencias que inculpen al Gobierno sirio y organismos como Médicos Suecos por los Derechos Humanos o Theodore Postol del Instituto Tecnológico de Massachusets la cuestionan.

Los supuestos ataques químicos son claves para lograr la demonización de Siria y el desgaste de la imagen de Rusia ante la opinión y en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Erdogan, desde Turquía, busca convertirse en el máximo referente entre la comunidad suní a nivel mundial. A pesar de liderar un gobierno declaradamente hostil al de Damasco, el intento de golpe de estado que sufrió Erdogan en 2016 supuso un punto de inflexión en sus Relaciones Internacionales, por lo que se acercó cada vez más a Irán y Rusia. Esto ha repercutido en las negociaciones trilaterales de Ankara sobre el proceso de paz en Siria, haciendo que Erdogan esté más dispuesto a negociar un final de la guerra favorable para Assad.

La actual crisis económica que amenaza a Turquía tras las sanciones impuestas por Estados Unidos ha hecho que un indeciso Erdogan se aleje aún más de la OTAN para intentar buscar un lugar al amparo de la economía rusa y el BRICS, un mercado común compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.

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La próxima semana publicaremos la segunda parte de este análisis, titulada La democracia era la excusa; la guerra, el objetivo.

Autor: Alberto Rodríguez

Fuente: CTXT

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