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La abstención activa como un ejercicio de responsabilidad

Compartimos este texto extraído del Portal Libertario OACA para extender la práctica de la abstención activa como respuesta a nuestra disconformidad con este sistema democrático electoralista. Que tiene como fin el de llegar a tomar el control del aparato estatal y dominar así a través de sus instituciones el subconsciente colectivo, mientras tratan de imponer a base de leyes y por la fuerza condiciones de desigualdad e injusticia, con el objetivo de beneficios de poder de los intereses políticos y económicos de estas organizaciones partidistas.

No hay partido que tenga como la liberación y la autonomía de las personas dentro de un territorio a defender del expolio capitalista en unas condiciones libres y de igualdad. Solo la puesta en marcha de proyectos sociales o colectivos que trabajando es redes busquen cubrir las necesidades básicas para poder vivir desde una perspectiva mas autogestionaria y autosuficiente.

Dejar de teorizar y empezar a experimentar la practica de la autogestión comunitaria desde el apoyo mutuo.


Una vez más el circo electoral retorna a la palestra pública, al mismo tiempo que los políticos no tardan en ponerse de rebajas con toda clase de promesas. Pese a que el discurso que estos políticos tienen es formalmente diferente en función de su partido político de pertenencia, lo cierto es que en todos ellos existe un discurso subyacente común. Este discurso no es otro que la fe en el Estado, pues este es, en definitiva la solución para todos los problemas. Nada puede hacerse sin él, lo que naturalmente exige que la sociedad acuda a las urnas a votar.

Uno de los argumentos que utilizan los detractores de la abstención es que si uno no vota es un irresponsable. Sin embargo, a este argumento bien puede dársele la vuelta en la medida en que la irresponsabilidad consiste en delegar en otros la resolución de los propios problemas. Se trata de una dejación de dicha responsabilidad en los políticos e instituciones, de manera que con el voto se pretende que sea el directorio político y, en definitiva, el Estado, el que gestione los problemas sociales. En el fondo de esta actitud encontramos una mentalidad de esclavos que es la engendrada por el parlamentarismo y sus elecciones, que consiste en que el individuo lo espere todo del poder.

El paternalismo, sea del tipo que sea, aboca a las personas a irresponsabilizarse de ellas mismas y a dejar su vida y futuro en manos de terceros. El paternalismo es de un modo u otro una actitud en la que una autoridad se presenta como un gran benefactor que se lo hace todo al individuo, que le lleva de la mano a todas partes, y que no duda en presentarse como el garante del bien común.[1] El Estado es en la actualidad, sobre todo en su forma de Estado de bienestar, el mayor exponente de paternalismo, y por tanto de despotismo, al ser el pater familias que se presenta como nuestro cuidador. De forma que todo cuanto hace es por nuestro bien, pues al fin y al cabo esa es la justificación última de toda forma de poder, cuyo argumento no puede ser más claro y cínico al mismo tiempo: el poder es ejercido en beneficio de aquellos a quienes gobierna. El discurso de toda la clase política incide sobre este mismo aspecto, hacer que el poder se ejerza en beneficio de los gobernados.

De todo lo anterior se deriva, a su vez, una idea completamente equívoca acerca de lo que es un gobierno. En este sentido ha sido implantada en las masas la absurda noción de que un gobierno está para servir a los gobernados, y que como tal debe gobernar para el pueblo. Algo que al parecer sólo puede lograrse mediante la elección de los candidatos más idóneos para tal tarea, aunque a la vista de la larga experiencia histórica esos candidatos nunca se han encontrado. Quizá esto se deba a que no existen los santos, pero sobre todo a que un gobierno no es un esclavo tal y como parece sugerir esta idea según la que los gobernantes deben obrar al gusto de la población. Más bien un gobierno existe para ejercer la autoridad en provecho de quienes la detentan, pues de lo contrario, como decimos, no sería un gobierno sino un esclavo. Por esta razón no es concebible un gobierno que obre en beneficio de los gobernados sino en su propio interés. Esto se debe a que toda forma de poder va de arriba abajo, y no al revés como plantea la propaganda constitucionalista y liberal.

Asimismo, las elecciones son un instrumento de legitimación a través del que el sistema de dominación crea el correspondiente consentimiento social. En este sentido las elecciones vienen a ser una especie de indicador con el que medir el grado de apoyo popular con el que cuenta el sistema y su élite dirigente. Por esta razón el acto de votar no sólo constituye una forma de consentimiento para con el sistema, sino sobre todo un acto de conformidad. El voto refleja el conformismo de quien acepta las reglas de juego que organizan el funcionamiento de la sociedad, y consecuentemente las instituciones que se encargan de aplicar dichas reglas. Nos referimos a instituciones como, por ejemplo, el ejército, las cárceles, la policía, los servicios secretos, los tribunales, el fisco, etc. Por tanto, votar es sinónimo de estar conforme con todas esas instituciones que configuran el sistema de dominación actual. Pues no olvidemos que los políticos se postulan para participar en la gestión de las instituciones del sistema a las que legitiman en su calidad de cargos electos, pero a las que en la práctica representan en la medida en que su actividad se desarrolla según las reglas que las organizan.

Se tiene la errónea idea de que los políticos son elegidos para hacer las leyes que rigen en la sociedad, y de esta forma adaptarlas a los intereses de esta última. Pero lo que realmente sucede es muy diferente. Las instituciones que conforman el Estado son extremadamente grandes, tanto por la cantidad de personal que integran como por los ingentes recursos que concentran, a lo que hay que sumar las innumerables funciones que desempeñan en una infinidad de ámbitos distintos. Son organizaciones muy complejas constituidas por incontables normas de diferente tipo, lo que en términos prácticos impide que sean gestionadas por la clase política en la medida en que esta depende de dichas instituciones que en teoría les están subordinadas. La realidad es que el entramado burocrático que gobierna a la sociedad se gestiona y regula a sí mismo, lo que lo convierte en una realidad autónoma en la que los procesos decisorios recaen en una minoría de altos funcionarios que no han sido elegidos por nadie. Tal es así que las leyes son elaboradas por estos altos funcionarios de los ministerios, de modo que la clase política únicamente desempeña una función secundaria como elemento legitimador de estas leyes mediante su aprobación en los parlamentos.[2]

A tenor de todo esto cabe decir que un ejercicio de responsabilidad ante las próximas elecciones es la abstención. Ciertamente la llamada a la huelga general de electores sólo puede obedecer a un acto consciente dirigido a poner fin a la irresponsabilidad que entraña el delegacionismo, y por tanto a terminar con un régimen en el que las personas hipotecan su futuro por promesas que jamás se cumplirán. Así pues, frente al politicismo electoralista es preciso contraponer la responsabilidad de quienes aspiran a tomar las riendas de sus propias vidas por medio de la autoorganización colectiva y solidaria, a través de asambleas populares y soberanas frente al discurso y las prácticas paternalistas de la clase política. Esto inevitablemente exige altas dosis de iniciativa propia, tanto a nivel individual y colectivo, en diferentes ámbitos en los que poner en marcha prácticas de autogobierno: ateneos, barrios, comunidades de vecinos, sindicatos, centros sociales, etc. Un camino que sin duda no es fácil, pero que constituye el precio a pagar por algo que nunca nadie nos regalará y que es la libertad.

Esteban Vidal

Notas:

[1] Ver el artículo “El paternalismo como dominación” https://www.portaloaca.com/opinion/13984-el-paternalismo-como-dominacion.html

[2] Los estudios que confirman el papel secundario que la clase política tiene asignado en los regímenes constitucionales son considerables y muy elocuentes. En cualquier caso es interesante destacar cómo en EEUU, por ejemplo, el propio presidente no tiene un poder real sino únicamente teórico y formal. Quienes realmente toman las decisiones importantes en aquel país son los altos mandos militares, jefes de los servicios secretos, mandos de las principales agencias policiales, altos funcionarios del cuerpo diplomático, etc. Glennon, Michael, National Security and Double Government, Nueva York, Oxford University Press, 2015. Mills, Charles W., La elite del poder, México, Fondo de Cultura Económica, 1957. Carroll, James, La casa de la guerra. El Pentágono es quien manda, Barcelona, Crítica, 2007. También señalar como un claro ejemplo de esto que decimos es el artículo publicado en el The New York Times en septiembre de 2018, en el que se revelaba que altos funcionarios de la Casa Blanca estaban boicoteando al presidente. Algo que desde la prensa del establishment fue recibido con satisfacción, pero que pone en tela de juicio el discurso oficial que estos mismos medios de comunicación propagan al presentar las instituciones oficiales como órganos de representación en los que las decisiones son tomadas por cargos electos. El artículo en cuestión se titulaba “I Am Part of the Resistance Inside the Trump Administration” https://www.nytimes.com/2018/09/05/opinion/trump-white-house-anonymous-resistance.html Otro ejemplo que refleja bastante bien la verdadera dinámica que se esconde tras los procesos decisorios en las altas esferas del poder establecido es la serie británica de la BBC Yes Minister, en la que el alto funcionario permanente de un ministerio en el Reino Unido, Humphrey Appleby, logra imponer su criterio e intereses frente a la práctica totalidad de las iniciativas del ministro de turno.

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