energiasrenobables

Las renovables no son la solución. Carta abierta a los compañeros ecologistas.

La tierra no se está muriendo, está siendo asesinada. Y «las energías limpias» no hacen más que empeorar la situación.

Probablemente debería empezar presentándome a mí mismo. Mi nombre es Alex y soy un antiguo defensor de las energías renovables en vías de recuperación. Durante años, fui víctima de la desesperación y la esperanza; realicé solicitudes y dialogué, grité consignas e hice campañas; rebosaba de entusiasmo ante la perspectiva de unos «empleos verdes» y una «economía basada en las energías renovables». Aún veo una buena parte de mí mismo en muchos de vosotros.

Sé lo que es. Sé exactamente qué se siente al mirar alrededor y ver un mundo que no sólo está muriendo sino que está siendo asfixiado, torturado y mutilado, sacrificado en el altar de los beneficios y la producción. Como muchos jóvenes hoy en día, yo sé lo que es temer al futuro, temer por mi futuro. Yo, al igual que muchos de vosotros, he leído todos los estudios e informes que se necesitan para saber lo que se avecina; qué desastre, completamente desbocado, galopa pisándonos ya los talones.

Sé lo que es querer escapar, encontrar un camino que nos lleve fuera de este desierto de desesperación hacia algo, lo que sea, que nos saque del fatal curso que está siguiendo nuestra sociedad, alguna solución simple, el tipo de idea cuerda que hasta un político podría apoyar.

Al igual que muchos de vosotros, he pensado durante años que la «energía limpia» era la respuesta a la desesperación que pesa a diario, cada vez más, sobre nuestros hombros y consciencia colectivos. Parecía realista. Parecía factible. Parecía bonita. Y, lo más importante, yo creía que salvaría el planeta.

Y estuve completamente dedicado a ella. Cuando tenía 14 años, me sumé como voluntario al Proyecto Clima,[b] una organización de base para la educación acerca del cambio climático creada por Al Gore para «concienciar a las masas» acerca de la amenaza del calentamiento global. Estuve yendo a las aulas, a las iglesias y a los centros comunitarios durante años, predicando la buena nueva de la energía «verde» y que lo que necesitábamos era elegir a algunos demócratas[c] compasivos. Escribía cartas al director, esperando inspirar así a la gente para que se volviesen votantes concienciados del cambio climático. Iba a reclamar al ayuntamiento de la ciudad y organizaba protestas para exigir que las autoridades sustituyesen la central térmica local de carbón por alguna fuente de energía renovable más propia del siglo XXI.

Podía verlo en mis sueños y en las representaciones artísticas de los aspirantes a promotores. Grandes y blancos molinos de viento salpicados a lo largo de las llanuras y praderas onduladas, llevando a cabo lenta y suavemente sus obedientes rotaciones y revoluciones, en sí mismos una revolución limpia y verde. Todos los edificios podrían estar provistos de paneles solares y, para un ciclista que pasase cerca, el azul profundo de los dispositivos fotovoltaicos se extendería como la superficie de unos océanos a los que ya no asfixiaría el petróleo. Era bonito.

Desgraciadamente, nada de ello era —ni es— verdad. Esas visiones y ensoñaciones eran, y son, totalmente ajenas a la realidad, ya que nada surge del vacío.

Mis sueños no incluían a las decenas de aves migratorias y murciélagos masacrados cada año por los molinos eólicos,1 cuyas muertes no pueden ser justificadas con mi deseo de ver «Jersey Shore».[d]

Mis sueños no incluían el hecho de que las condiciones del sol y del viento están siempre cambiando y los sistemas de generación «renovables» han de combinarse con sistemas de generación basados en combustibles fósiles cuando el viento para o el cielo se nubla.2

Ni incluían la extracción de los minerales necesarios para construir esas máquinas mágicas de producción de energía, la cual destruye montañas y paisajes para siempre, vertiendo mercurio y plomo en las cuencas hidrográficas.

No incluían los residuos radiactivos y cancerígenos producidos por la fabricación de los generadores eólicos, ni a los campesinos chinos que han visto cómo sus tierras, animales y familias caían como moscas a causa de la contaminación.3

Tampoco incluían el inevitable dilema de un sistema económico que requiere un crecimiento constante e infinito en un planeta que en realidad es finito (y que, por tanto, tiene reservas finitas de galio, indio y silicio).

Mi mundo perfecto no lo era tanto; sin embargo, por alguna razón, no quería reconocer el hecho de que un mundo alimentado por energía solar y eólica (o por energía hidroeléctrica o geotérmica, o por biocombustibles, o por cualquier otra de las potenciales fuentes de las que tanto se oye hablar) sería inevitablemente un mundo con una infraestructura minera industrial global, junto con toda la terrible contaminación y los problemas que ello conlleva. También sería, necesariamente, un mundo con una producción industrial global. Y sería, de nuevo ineludiblemente, un mundo con una infraestructura global de transporte.

Ahora, detengámonos por un momento. Todas estas cosas son aquello contra lo que hemos estado protestando, los proyectos destructivos contra los que ya estábamos entablando —y perdiendo— batallas. La minería, la producción y el transporte global —son todos ellos inherentemente destructivos y contaminantes.

Durante los últimos 5 años, he estado creyendo en la «audacia inspiradora» de las energías renovables con una pasión que rivalizaba con la de Al Gore o Bill Mckibben.

Ahora bien, ¿a dónde nos lleva predicar la santísima trinidad de «la eólica, la solar y la hidroeléctrica» porque creemos que ofrecen alivio a una biosfera que ya está colapsando?

Os autodenomináis ecologistas; os autodenomináis guardianes, protectores y defensores contra los caprichos de la Exxon-Mobil. Sin embargo, ¿qué es lo que estáis defendiendo? ¿La civilización? ¿La economía? ¿Ese mundo de plástico estéril que hoy llamáis hogar?

¿O estáis defendiendo —con vuestras palabras, acciones y cuerpos— la vida? Quizá, al igual que algunos de nosotros, estéis luchando por un mundo en el cual vuestros hijos puedan respirar el aire y beber el agua; un mundo en que sus cuerpos no se vean bombardeados con productos químicos cancerígenos desde el día en que nazcan. Quizá, lo que deseáis es un mundo sin deforestación, un mundo donde los bosques sean reconocidos como las comunidades vivientes que son. Quizá queréis un mundo que no sea destruido, sino que esté más vivo cada año que pase.

En palabras de otro antiguo medioambientalista en vías de recuperación, «destrucción menos carbono no es igual a sostenibilidad».4 Destrucción menos carbono sigue siendo destrucción, y es la destrucción en lo que se basa la civilización industrial.

Erigir turbinas eólicas no detendrá la deforestación sistemática de la Costa Noroeste de Norteamérica ni la desertificación del Amazonas; no detendrá el agotamiento de los pozos de agua dulce en la India; no impedirá que los arrastreros acaben con la vida de los océanos ni que ésta sea reemplazada con plástico; no hará que la Monsanto deje de hacer lo que hace.

Construir generadores eólicos nos obligará, sin embargo, a destruir cadenas montañosas enteras con explosivos y buldóceres para obtener los minerales y metales necesarios; creará lagos de 5 millas de ancho llenos de lodo cancerígeno y radiactivo que se filtrará en la tierra, envenenando a los animales y a la gente, y matará a millones de aves cada año.

Casualmente, también exigirá la construcción y el mantenimiento de centrales térmicas de carbón o gas natural, ya que la constancia de la producción eólica no es de fiar.5

De ahí que me resulte difícil ver que la energía eólica vaya a traer NINGÚN bien.

Con la solar pasa lo mismo.

Cubrir el sudoeste estadounidense o el Sahara con dispositivos fotovoltaicos y llenar el mundo de cables no impedirá que los cultivadores de algodón de Arizona extraigan hasta la última gota de agua del río Colorado; no hará que los vivisectores dejen de torturar perros, gatos, conejos, monos y otras innumerables criaturas en nombre del «progreso»; no detendrá la incesante marcha de las ciudades ni la expansión del desarrollo a través de los pocos lugares salvajes que quedan en este mundo.

Sin embargo, estos mismos paneles solares expandirán la esclavitud en el Congo.6 Requerirán[e] una infraestructura industrial global de transporte y producción. Promoverán más aún el imperialismo económico.2

Y al igual que ocurre con esas mesiánicas turbinas eólicas, la producción de los dispositivos fotovoltaicos solares es impredecible e inconstante, lo cual significa que, ¡de todos modos tendremos que mantener nuestras fuentes de energía basadas en los combustibles fósiles!2

Ya va siendo hora de acabar con las mentiras. Es hora de ver el apoyo a las «energías renovables» como lo que realmente es: la continuación de un sistema económico y social dominador y opresivo que asesina y esclaviza a la gente a lo largo del mundo y que está destruyendo y desmantelando sistemáticamente la vida en la tierra.

Por mucho que duela hay que decirlo: la energía renovable destruirá el mundo natural con tanta certeza como la Chevron. No existen soluciones industriales o tecnológicas para la maquinaria de muerte de la sociedad industrial que está devorando todo lo que queda de los sistemas de soporte de la vida más importantes y básicos de este planeta —nuestro planeta.

Antes de la llegada de la civilización industrial a este continente,[f] se podía respirar el aire y beber el agua. Tras sólo 500 años, todas y cada una de las madres del mundo tienen dioxina (un producto químico normalmente considerado «el más tóxico del mundo») en la leche de sus pechos, el 98% de los bosques han sido destruidos, la mitad de los hombres y un tercio de todas las mujeres de la actualidad tendrán cáncer,7 y el Río Colorado ya no llega al océano. Ni los parques eólicos ni Solartopía® van a arreglar ninguna de estas cosas.

No podemos permitirnos perder más tiempo ni energía. Hemos de afrontar la realidad de nuestra situación: que la civilización industrial se basa en la muerte del mundo natural y vivo.

Para nosotros la pregunta ahora es, ¿queremos secadores de pelo o queremos agua limpia? ¿Queremos televisores HD o queremos aves migratorias? ¿Queremos tener a nuestro alcance diez episodios de Los Simpson con un clic de ratón o queremos montañas? ¿Queremos dispositivos para leer libros electrónicos o queremos un mundo sin lagos de desechos radiactivos? ¿Queremos nuestros modos de vida privilegiados y basados en el consumo o queremos un planeta vivo? Porque, a pesar de nuestras ensoñaciones y delirios, no podemos matar este planeta y a la vez vivir en él.

Escribo esto como una carta abierta a los ecologistas, pero, si he de ser honesto, no es realmente una carta abierta. Muchos de vosotros (probablemente la mayoría) seguiréis pidiendo que se desarrollen estas formas de energía insostenibles, a pesar de saber que hacerlo es pedir la muerte para las aves migratorias, los arroyos no contaminados (los poquísimos que quedan), los campesinos chinos y, en el fondo, para todo lo que queda del mundo vivo. Muchos de vosotros no queréis un modo de vida realmente sostenible, sino sostener una civilización funcionalmente insostenible. En muchos casos, vuestros salarios e identidades personales dependen de las «energías limpias», y no os atrevéis a ponerlos en cuestión. Y, para mí, esto es increíblemente triste y descorazonador, dado que conozco a mucha gente así. De modo que esta carta no está escrita para vosotros.

Esta carta está dirigida, con la mayor intimidad, a aquellos de vosotros que sois como yo. A quienes anheláis un mundo justo, sin cáncer ni lagos de lodo tóxico; sin imperialismo ni aves asesinadas. Esta carta está dirigida a aquellos que deseáis un mundo vivo, a aquellos que sabéis, en lo más hondo de vuestros corazones, que las necesidades del mundo natural DEBEN estar por encima de las necesidades del sistema económico.

En fin, sólo puedo hablar por mí mismo. Sé lo que he elegido: he elegido un mundo que tenga truchas y bisontes salvajes. He elegido un mundo con montañas. He elegido un mundo en el que pueda respirar el aire, beber el agua y ver las estrellas por la noche. He elegido un mundo con más mariposas monarcas[g] cada año. He elegido un mundo donde nadie tenga que morir o ser asesinado para que yo pueda jugar a Fantasy Football[h] —y si esto implica un mundo sin videojuegos (ALERTA DE AGUAFIESTAS: lo implica), que así sea.

Nuestra fantasía colectiva de la energía renovable como la salvadora que viene a perdonarnos nuestros pecados es sólo eso, una fantasía, y, lo queramos reconocer o no, este modo de vida se acabó y la «energía limpia» es completamente incapaz de salvarlo.

El industrialismo, con sus imperativos del crecimiento y la producción debe ser abandonado. Aquellos sistemas que están destruyendo el planeta —la agricultura industrial, las industrias extractivas (minería industrial, pesca industrial, explotación forestal industrial, etc.), la infraestructura basada en los combustibles fósiles y los sistemas de poder explotadores- deben ser estratégicamente desmantelados y sustituidos por culturas independientes, basadas en la democracia directa y que estén completamente integradas en sus territorios básicos y sus ecosistemas locales. La Tierra no puede permitirse otra alternativa, porque cualquier otra alternativa supone dejar que la cultura dominante consuma lo que queda del mundo natural.

Preservar la vida —entendiéndola en cualquier sentido serio de la palabra— requerirá poner fin al supuesto derecho a vivir de un modo que destruya los sistemas vivientes de la Tierra. Como dice Lierre Kieth, «Para que ‘sostenible’ signifique algo, hemos de aceptar y defender la verdad pura y dura: el planeta es lo principal. El resultado producido por la vida de un millón de especies es, literalmente, la tierra, el aire y el agua de los que dependemos … si usamos el término ‘sostenible’ y no nos referimos a eso, entonces somos unos farsantes de la peor calaña: del tipo de los que permiten que sucedan atrocidades mientras observan sin hacer nada».8

¿Qué es lo que queréis? Porque no se puede tener todo.

¿Dónde trazáis la línea? Porque en el fondo no puede haber justicia —para los seres humanos o para la tierra— en una sociedad industrial.

¿Hacia dónde se inclina vuestra lealtad?

Estas no son cuestiones teóricas, son algunas de las cosas más importantes que necesitamos preguntarnos a nosotros mismos justo ahora. ¿Qué es sagrado para vosotros: un mundo vivo o la calefacción central? Susurrad esta pregunta a vuestros corazones. Es el momento de responderla.

Y es el momento de actuar en base a dicha respuesta, de dar forma a nuestros propósitos y forjar la resistencia, de plantar nuestros pies firmemente en la tierra y de defender nuestro único hogar con nuestras vidas. Porque nada más lo hará.

Notas:

1.Canada Free Press. Spanish wind farms kill 6 to 18 million birds & bats a year. http://www.canadafreepress.com/index.php/article/43904 (según acceso del 5 de marzo del 2012).

2.Leith, Lierre, Aric McBay y Derrick Jensen. “Other Plans.” En Deep Green Resistance: Strategy to Save the Planet, 201-204. Nueva York: Seven Stories Press, 2011.

3.Parry, Simon y Ed Douglas. In China, the true cost of Britain’s clean, green wind power experiment: Pollution on a disastrous scale. Mail Online. http://www.dailymail.co.uk/home/moslive/article-1350811/In-China-true-co… (según acceso del 5 de marzo del 2012).

4.Kingsnorth, Paul. “Confessions of a Recovering Environmentalist”, en Orion Magazine. http://www.orionmagazine.org/index.php/articles/article/6599 (accessed March 5, 2012).

5.American Daily Herald. Two-year Study in UK Finds Wind Power Unreliable and Inefficient. http://www.americandailyherald.com/world-news/europe/item/two-year-study… (según acceso del 5 de marzo del 2012).

6.Leslie, Zorba, Jody Sarich, and Karen Stauss. “The Congo Report: Slavery in Conflict Minerals.” Free the Slaves. www.freetheslaves.net/Document.Doc?id=243 (según acceso del 4 de marzo del 2012).

7.American Cancer Society, Inc.. “Lifetime Risk of Developing or Dying From Cancer.” American Cancer Society. http://www.cancer.org/Cancer/CancerBasics/lifetime-probability-of-develo… (según acceso del 7 de marzo del 2012).

8.Keith, Lierre, Aric McBay, y Derrick Jensen. “The Problem.” En Deep Green Resistance: Strategy to Save the Planet, 25. Nueva York: Seven Stories Press, 2011.

[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “An Open Letter to Fellow Environmentalists” publicada el 29 de marzo del 2012 en la página “web” Deep Gren Resistance Colorado: https://deepgreenresistancecolorado.org/resistance/strategy/an-open-lett…

Nota del traductor:

[b] “Climate Project” en el original. N. del t.

[c] En el panorama político estadounidense, y salvando las distancias, “demócrata” viene a significar algo similar a “socialdemócrata” en Europa. N. del t.

[d] “Jersey Shore” es el título de un programa tipo “reality show” emitido por la cadena MTV. N. del t.

[e] “They (I say “they” as if solar panels were somehow more alive and sentient than the very real and very living beings whose homes are destroyed to make room for them) will require…” en el original. Es difícil traducir la frase del paréntesis y que se entienda con el sentido que el autor pretendía, quizá no muy afortunadamente, darle en inglés: que, si no se tiene cuidado, se puede acabar pensando en las tecnologías “verdes” como algo tan natural y ecológico como los propios hábitats y especies destruidos por ellas, ya que el ecologismo, demasiado a menudo, tiende a considerarlas partes “buenas” y “limpias” del “medioambiente”. De modo que se ha optado por eliminar el paréntesis en la traducción y añadir esta nota. N.del t.

[f] El autor es estadounidense. N del t. miembro de Deep green resistance Colorado.

[g] Danaus plexippus. Lepidóptero migratorio natural de América del Norte, aunque reside también en las Islas Canarias, las Azores y Madeira, y aparece ocasionalmente como migrante transatlántico en Europa Occidental. N. del t.

[h] Nombre de un videojuego. N. del t.

 

Plataforma para la defensa de los valles del sur

Etiquetas: Sin etiquetas

Deja un comentario