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Somos feministas porque somos antimilitaristas

El movimiento feminista experimenta hoy una gran atención mediática y social. Al calor de la oportunidad histórica que se abre para su trabajo nos disponemos a aportar también nuestro punto de vista y nuestra reflexión.

Acontecimientos mediáticos y profundos análisis, peligros y esperanzas, enfrentamientos y alianzas… La situación es tan alentadora como compleja para una de las luchas que más se han esforzado en mejorar la sociedad. Las personas que integramos el Grup Antimilitarista Tortuga trataremos de compartir, con honestidad, nuestra opinión al respecto. Sabemos que no nos hallamos en posesión de la verdad absoluta ni pretendemos decir la última palabra sobre un tema que merece una cuidada reflexión. También somos conscientes de que nuestro punto de vista gustará a algunas personas, pero no a otras. Por ello pedimos empatía, respeto y comprensión. Nuestra intención es poder expresarnos y enriquecernos con el debate: algunas de las más bellas obras musicales que han sido compuestas contienen multitud de acordes disonantes.

El patriarcado en la sociedad del estado español

No hace falta ser un lince para advertir que nuestro día a día está plagado de situaciones que privilegian al varón respecto a la mujer (o que someten a ésta respecto a aquél), ni es preciso destacar por la agudeza en el análisis para darse cuenta de que esta desigualdad forma parte de la estructura de nuestra sociedad. Conocer el origen de la citada realidad es extremadamente difícil, quizá imposible. La investigación histórica encuentra continuamente fuentes que confirman la existencia de esta relación de desigualdad fecha tras fecha, pero se topa con la dificultad de encontrar una data inicial. Sin embargo, la mayoría de interpretaciones relacionan su razón de ser, al menos en Occidente, con las principales disfunciones de nuestra sociedad; con la existencia de jerarquías, de desigualdades sociales, de dominación económica; con el empleo de la fuerza… Todos estos problemas citados han ido definiéndose y asentándose en el transcurso de la historia y son parte del legado que cada generación le ha dejado a la siguiente. Se han transmitido, a lo largo del tiempo, mediante la educación y, además de en la propia organización social, han impreso su huella en el imaginario colectivo, en los valores compartidos y en las mentes de los individuos. Este ejercicio del poder de los varones sobre las mujeres es lo que se conoce como patriarcado. Hoy podemos observarlo con facilidad en discriminaciones concretas y ampliamente extendidas como, por ejemplo, la existencia en el ámbito laboral de los techos de cristal y la brecha salarial. Aún más evidente y extremo es el caso de la violencia machista —aunque el resto de desigualdades previa y posteriormente citadas también son violencia—, la cual deja cada año una lamentable cantidad de muertes y un número todavía muy superior de lesiones y personalidades anuladas. Otro importante botón de muestra de la violencia patriarcal es la cultura de la violación, la cual debe interpretarse más allá del propio abuso sexual y violación, ya que estos actos no son más que el extremo de un imaginario masculino ampliamente interiorizado que, entre otras cosas, comprende a la mujer como un objeto sexual a disposición del varón. La lista es extensa y difícil de delimitar: podemos citar, por su importancia y significación, la muy extendida costumbre de repartir desigualmente y en ausencia de libre y consciente decisión, la realización de las tareas domésticas y el cuidado de las personas dependientes.

Por otra parte, merecen mención los llamados “micromachismos”; ese conjunto de pequeñas actitudes naturalizadas— y con frecuencia ignoradas o vividas inconscientemente— que materializan en la vida cotidiana la preeminencia masculina. En este caso, tal como decíamos sobre la violación, el problema no reside solamente en lo que podemos observar con mayor facilidad. Como trataba de explicar Johan Galtung (1), la violencia se nos presenta como un témpano de hielo a la deriva: solo eleva sobre la superficie una pequeña parte. Por debajo de esa violencia directa que, a menudo —si bien no siempre—, es señalada y condenada, se ocultan una violencia estructural y una violencia cultural que nutren y sirven de soporte a la primera. Si no tratamos de hallar las soluciones a la violencia patriarcal en el fondo (en nuestra misma organización social, económica y política, o en esas costumbres y valores que distinguen a la humanidad en dos géneros para perpetuar situaciones de privilegio) no podremos darle la vuelta a la tortilla. No dirijamos solo la atención a las consecuencias más indignantes: enfoquémosla también hacia sus causas. Y no olvidemos otra cosa: la construcción del género en nuestra sociedad, la asignación artificial de características a las personas según su sexo, perpetúa la marginación y el sometimiento de aquellos seres humanos que por motivos éticos, sexuales o de identidad no encajan en ese papel forzado.

A pesar de todo lo dicho, tenemos la impresión de que en las sociedades occidentales se tiende hoy a una, lenta pero paulatina, reducción de la dinámica heteropatriarcal. Las causas de esta evolución son asimismo complejas y, en todo caso, sentimos que no se avanza a la velocidad que nos gustaría. Nos consta que desarraigar estructuras culturales tan profundas y antiguas como es el patriarcado no es tarea fácil; se trata de un proceso que puede extenderse a lo largo de varias generaciones. En nuestra mano está el continuar por esta vía: derribando muros y venciendo resistencias ancestrales. Hay que avanzar con determinación por este camino, hay que evitar posibles estancamientos y vueltas atrás, y para ello consideramos fundamental la lucha feminista.
Por otro lado, el patriarcado no se materializa en la misma medida, con un único patrón, en todos los lugares, ni en todas las generaciones, ni en todos los grupos sociales, ni en los distintos individuos. Por ello pensamos que no existe la posibilidad de establecer generalizaciones absolutas; que debemos estudiar cada caso y cada situación a fondo. Y, en lógica consecuencia, hay que extremar la precaución a la hora de juzgar y pretender impartir lecciones a personas y grupos sociales diferentes. Especialmente —cada palo ha de aguantar su vela— cuando la casa propia no está perfectamente barrida, en esta o en otras cuestiones igualmente importantes. Lo dicho es, además, extrapolable a nuestra relación con otras culturas: es importante evitar el etnocentrismo simplificador. Cada cultura tiene su identidad, su razón de ser y su complejidad. Es preciso conocerla bien en todas sus circunstancias antes de emitir juicios condenatorios. De hecho, pensamos que si alguna cultura ajena a la nuestra precisa algún tipo de evolución, ello ha de ser considerado y realizado desde sí misma, no por la imposición colonizadora de la arrogante y autocomplaciente sociedad occidental.

La oportunidad del feminismo

Tenemos la posibilidad de tomar decisiones sobre multitud de circunstancias personales y sociales. También, en relación al tema que estamos tratando, hemos de elegir si nos dejamos arrastrar por la corriente más cálida o si preferimos escoger nuestro destino y el trayecto para llegar a él. Aunque, como decimos, algunas de las expresiones del heteropatriarcado puedan estar atenuándose lentamente, asegurar que esto continúe pasando y que dé lugar a una sociedad mejor es responsabilidad de cada ser humano y podrá lograrse con el apoyo de las personas de la sociedad y el particular y necesario esfuerzo de la organización feminista. En nuestra mano está que la lucha contra el heteropatriarcado se enfoque hacia metas, tácticas y estrategias precisas, que no se pierda por caminos secundarios o desemboque en vías muertas, que no se desvíe, que trabaje conscientemente por la sociedad que queremos construir.
Y lo cierto es que al sistema, afortunadamente, se le están abriendo brechas sobre las que el movimiento feminista puede incidir e incide. Su éxito mediático es incuestionable y vive un momento en el que la sociedad lo mira atentamente. Ha trabajado para que se abran oportunidades políticas y en su voluntad está aprovecharlas: hoy por hoy, quizá, tiene ante sí una posibilidad de avance superior a la de cualquier otra lucha social. Se presenta, por tanto, una oportunidad histórica para reducir (o destruir) la dinámica social que privilegia a los varones.

No obstante, hay peligros que pueden menoscabar y desenfocar la potencia del feminismo. Algunos de estos peligros, comunes a cualquier movimiento emancipador, forman parte de la cotidianeidad de su trabajo. Otros solo aparecen cuando un movimiento concreto tiene cierto éxito.

Por un lado, el poder establecido ha demostrado a lo largo de la historia su capacidad de recuperar e integrar cualquier lucha que se le oponga, de alimentarse de ella y fortalecerse. Por ejemplo, no hay que olvidar que la igualdad deja de ser un valor y una meta a perseguir cuando sucede en la injusticia: no vemos ningún avance en que las mujeres alcancen a ocupar los roles opresores tradicionalmente reservados a los hombres. No deseamos una sociedad en la que también las mujeres nos golpeen con sus porras policiales, en la que asesinen desde cazabombarderos o en la que integren los parlamentos y gobiernos que secuestran nuestra libertad. No debe aspirarse, por ninguna causa, a formar parte de instituciones que no deberían existir. Esta falsa igualdad, bien condimentada y publicitada, sirve para que, barnizándose con ella, los estados y entes que perpetúan la injusticia puedan legitimarse. Más execrable todavía es el aprovechamiento cosmético que los diversos poderes logran de la propia lucha feminista y el dolor de las personas en asuntos tan graves como la violencia de género.

Por otra parte, cuando, como es el caso, una injusticia es destapada y expuesta a la sociedad suele ofender a determinados colectivos y personas interesadas en que las cosas sigan como estaban. Podemos comprobar cómo prolifera toda una oposición pública al movimiento feminista (en ocasiones organizada) que combate su trabajo y su discurso. Ante esta situación pensamos que hay que actuar con precaución. Dicha oposición suele hallar munición para sus argumentarios antifeministas cuando logra que parte del movimiento entre al trapo de sus provocaciones, adopte una actitud defensiva y se dedique a una especie de juego de acusaciones generalizantes hacia todo el sexo masculino. Queremos aclarar lo que acabamos de expresar. Entendemos que el patriarcado no es lo que vulgarmente se entiende como una entelequia, sino que es una construcción humana y, por lo tanto, responsabilidad de las personas que, de forma más o menos voluntaria, contribuyen a su desarrollo y perpetuación. Que la inmensa mayoría de varones se haya aprovechado de esta situación privilegiada a lo largo de la historia no debe ser obstáculo para que la crítica que puede ser dirigida hoy a cada hombre en particular tenga en cuenta sus circunstancias concretas. Entendemos que hay más utilidad y razón de ser, en esta y otras cuestiones, en ayudar a cada persona a tomar conciencia y poder superar las circunstancias que, de unas formas y de otras, le hacen ser opresora, que en entrar en un juego de acusaciones y guerras de datos que solo sirve para polarizar, enfrentar a las partes en conflicto y dificultar la comunicación. En una sociedad altamente mediatizada, esclava de titulares y pasiones, cualquier colisión tiene una enorme repercusión pública y termina por invisibilizar, eclipsar, el análisis y la reflexión sosegada y constructiva sobre la realidad.

La otra cara del señalamiento de todo un sexo como agresor en potencia es designar al contrario como su víctima. Esta forma de ver y expresar las cosas, como estamos tratando de explicar, aunque nos resulta dual y simplista, en realidad no es del todo falsa. Ya hemos hablado de las dimensiones estructural y cultural del patriarcado. Sin embargo, sospechamos de la generación e implantación de un imaginario que incide en la retroalimentación de la identidad de víctima de las mujeres. La victimización puede ser también, y de hecho así ocurre cuando se reduce fundamentalmente a alguien a ese rol, paralizante; una forma de oprimir, subestimar y subordinar a dicha persona a algún tipo de instancia superior capaz de defenderla y velar por sus intereses. Instancia que, obviamente, se ve así reforzada. Entiéndase también aquí lo que pretendemos expresar. No negamos los efectos concretos de la violencia machista y el resto de consecuencias opresivas del patriarcado, así como la necesidad de ponerles coto. Simplemente alertamos de la gran puerta de entrada que se le puede abrir al indeseable poder establecido para constituirse en único juez de la cuestión así como en ejecutor incontestado de sus propias sentencias. Nuestra propuesta es otra: Frente a victimización, empoderamiento.

En ambos casos, consideramos que es importante que la lucha contra el patriarcado y sus expresiones no se convierta, ni en un posible señalamiento-criminalización de todos los integrantes del sexo masculino por el mero hecho de serlo, ni en lo contrario, en una victimización de todas las mujeres, también por el hecho de serlo. Dejando aclarado que, como se dijo, la violencia patriarcal se nutre de la cultura patriarcal en su integridad, la cual afecta a todas las personas de la sociedad (por ello su superación es tarea de todos y de todas, no solo de las mujeres), también cabe distinguir entre unas personas y otras y entre sus respectivos comportamientos, y exigir o no responsabilidades, particularizando, en relación a ellos. Es decir, todas las personas hemos sido educadas en la cultura patriarcal y somos corresponsables de su superación, pero la responsibilidad por los actos cometidos u omitidos ha de ser individual.

Feminismo y antimilitarismo

Como es fácil desprender de lo argumentado hasta el momento, consideramos que un movimiento social por sí solo no puede construir un mundo mejor o, al menos, no puede explotar todas sus posibilidades para ello. Feminismo, antimilitarismo, ecologismo, anticapitalismo…, enfocados únicamente a su propia tarea, quedan anclados en un puerto, ajenos a la relación que tienen unos problemas con otros. Así, corremos el riesgo de desvincular la existencia del patriarcado, por ejemplo, de la dinámica del capitalismo; o la guerra y las migraciones, de las relaciones económicas de expolio entre el norte y el sur o de la cuestión medioambiental. Consideramos pertinente y necesario un diálogo entre feminismo y antimilitarismo que enriquezca a ambos movimientos. Nos consta que la mayoría de personas que los integran poseen la suficiente capacidad solidaria, así como la visión política precisa para hacer confluir las diferentes luchas emancipadoras. Por ello, desde nuestro compromiso antimilitarista y nuestra sensibilidad (militancia en algunos casos) feminista vamos a tratar de ofrecer algunas opiniones y sugerencias. Desde la humildad, y aportando argumentos que esperamos vayan floreciendo o marchitándose según avance el debate.

Antimilitarismo y feminismo son movimientos que siempre han ido de la mano. De hecho, no es posible mostrar preocupación ante las consecuencias negativas del militarismo sin dirigirla, a su vez, hacia las del propio patriarcado. Baste recordar el devastador efecto de las guerras sobre la población femenina. El papel de las mujeres en la lucha antimilitarista tiene raíces muy profundas. Desde aquellas madres, hermanas e hijas que protagonizaban la resistencia civil a las levas obligatorias de hombres reclutados para la guerra, al campamento femenino de Greenham Common (verdadero hito en la lucha antinuclear) (2), o la reciente marcha feminista y antimilitarista contra la exportación de armas desde el puerto de Bilbao (3). En la declaración ideológica de Alternativa Antimilitarista-Moc (colectivo del que Grup Antimilitarista Tortuga es parte) se cita como una seña de identidad la «superación de toda discriminación económica, cultural, sexual (homófoba, machista…), ideológica, por edad, tipo de vida… que afecte a cualquier persona empezando por nuestro propio movimiento». Y continúa: «Especial atención dedicaremos a la superación de los roles y estereotipos sexistas que impone el patriarcado, por ser la discriminación más generalizada al condicionar y limitar a todas las mujeres y hombres en todos los ámbitos de la vida» (4).

Una de nuestras preocupaciones en tanto personas antimilitaristas es la dinámica constante de endurecimiento punitivo por parte del estado español. Nos resulta inquietante que cada vez haya más ámbitos de la vida legislados y judicializados, circunstancia que anula la capacidad reguladora y resolutoria de conflictos de las personas y, por lo tanto, empobrece sus competencias sociales. En simbiosis con ello, prospera entre la población una inclinación favorable a los señalamientos de culpables, los castigos e incluso los públicos linchamientos. Desde el Grup Antimilitarista Tortuga rechazamos esta tendencia que consideramos, además de peligrosa y favorecedora de sistemas políticos de signo autoritario, una forma de alejarse de la apuesta humanista y garantista necesaria para la construcción de una sociedad mejor. Como ya expresamos en nuestro documento “Respuestas al crimen en la sociedad actual. ¿Es posible abolir la cárcel?” (5), nuestra apuesta es siempre por la reparación y la rehabilitación, nunca por el castigo y la venganza. Por ello pensamos que es importante que el movimiento feminista, a la hora de señalar justamente los excesos del patriarcado (especialmente la violencia machista), evite cuidadosamente dar alas a este tipo de disertaciones y actitudes antihumanistas que, además de empobrecer a quienes las mantienen, tanto fortalecen al poder.

Por otra parte, al comprender como militarismo toda forma de dominación coactiva de unas personas sobre otras, toda forma de subordinación y desposesión, pensamos que hay que mantener un discurso crítico y superador, también, hacia la institución del estado en cualquiera de sus formas. Igualmente con respecto al sistema capitalista, incluyendo su principal expresión laboral: el trabajo asalariado. Así, nos sentimos mucho más cerca de aquellos grupos y personas del movimiento feminista que, de unas formas y de otras, no son ajenas a este análisis y cuidan sus acciones y su discurso para no fortalecer dichas estructuras. A nuestro juicio, la senda de lucha por el mundo que deseamos no pasa por un mejor y más igualitario acceso al «mercado» de trabajo asalariado, sino por una apuesta por la economía social y solidaria, aquélla que se opone al capitalismo: el cooperativismo, la autogestión… Economía en la que el centro son las personas, el cuidado del medio, de la tierra… También es el laboral un ámbito que precisa emancipación para recuperar el control de la vida.

Para terminar, queremos recordar que, si aspiramos a construir una sociedad mejor, necesitamos desarrollar una importante capacidad de escucha y autocrítica. Es importante no dejar de tener nunca presente que nadie puede pretender encontrarse en posesión de la verdad absoluta, y que los propios actos y puntos de vista han de ser siempre objeto de evaluación propia y ajena. Si en la polémica mantenemos una actitud abierta, no es extraño ni infrecuente que hallemos parte de verdad en la postura que se opone a la nuestra y que, además, encontremos deficiencias o aspectos a mejorar en nuestro pensamiento. Por ello entendemos que todas las luchas sociales (también la antipatriarcal) deben apostar por una actitud dialogante y empática: deben huir de los dogmatismos, los encastillamientos, el enfrentamiento acrítico, la demonización de los adversarios y las actitudes persecutorias. La apertura a la crítica, incluso a la disidencia, fortalecerá aquellas ideas nuestras que sobrevivan a los debates, y desechará el resto. La duda es condición necesaria de unos principios fuertes y para ello se precisa una actitud favorable al diálogo constructivo, en libertad y sin ningún tipo de coacciones.

Nos esforzamos, con nuestros errores e insuficiencias, por la construcción de un espacio abierto en el que aprender de todas las luchas y desarrollar sinergias. Desde él deseamos colaborar con ese feminismo propositivo —y no meramente reactivo— capaz de construir alternativas y de poner en marcha valores nuevos para construir un mundo mejor. Con él queremos trabajar codo con codo en pos de unos objetivos compartidos. Nos vemos en el camino.

Notas

1- El sociólogo, matemático y conocido pacifista noruego Johan Galtung, introdujo el concepto “triángulo de la violencia”. Según su teoría, además de la violencia directa, que es fácilmente apreciable, existen también la violencia estructural y la violencia cultural, las cuales, no por ser invisibles son menos violentas. Ellas son la raíz de la cual se nutre la violencia directa. Se materializan en las estructuras sociopolíticas —explotación, marginación, represión…— y culturales —racismo, machismo…— de una sociedad concreta.

2- “El campamento de Greenham Common fue una iniciativa noviolenta de las mujeres británicas que, de 1981 al 2000, se instalaron junto a la base militar americana para protestar contra la proliferación nuclear. Obtuvo el apoyo de miles de personas en todo el mundo y se convirtió en un símbolo de la lucha contra las armas nucleares”. http://periodismohumano.com/mujer/l…

3- Movilización feminista contra la industria militar vasca: «La guerra empieza aquí»: http://www.sinkuartel.org/es/kemmoc…

4- http://antimilitaristas.org/spip.ph…

5- http://www.grupotortuga.com/Respues…

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